sábado, 10 de diciembre de 2011

La (in) cultura de los políticos




Los integrantes de la clase política mexicana, con las excepciones consabidas, tienen como común denominador altos grados de ignorancia tratándose de literatura, arte, música culta, no se diga filosofía. De la ciencia para qué hablar. La propia historia del país suele serles extraña. La habilidad, conocimientos y capacidades de ellos está en otra parte, cuando está, y es frecuente que en México esa cultura esté barnizada de modestos conocimientos jurídicos, un poco de la economía en boga, y mucho en el oficio de trabajar tras bastidores para posicionarse en el lugar anhelado que siempre está en proceso de satisfacer cuotas mayores de poder, legal o de hecho. En general esto se ve tanto en los regímenes autoritarios como en los democráticos, en aquellos suele darse la circunstancia de que unos cuantos acaparen el poder y aún hagan del monopolio de la política su objetivo central, convirtiendo al resto de los políticos en una servidumbre de utilería, en la que tener o carecer de cultura es absolutamente irrelevante. En este caso aparecen los intelectuales de fachada, como “El Cerebrito” Cabral, o “El Constitucionalista Beodo”, descritos magistralmente en la novela sobre Leónidas Trujillo, “La fiesta del chivo”.

Los que han abordado el tema del hombre político, nos demuestran que a lo largo de la historia mundial los hay absolutamente incultos, al lado de otros que han alcanzado cimas muy altas. Pero siempre hay más de los primeros que de los segundos, y escudriñar en este apartado no ha sido una veta rica a explotar por los investigadores. Sí ponen el acento en un hecho: ni se puede apostar por los hombres de libros en demérito de los iletrados, ni en contra de éstos en favor de aquellos. Hay de todo, y en ambas parcelas encontramos buenos y malos ejemplos, experiencias gratificantes al lado de otras francamente trágicas.

Enrique Peña Nieto, antes de autoexhibirse como un hombre escasamente cultivado en literatura durante la Feria Internacional del Libro –que se tomó la licencia de invitarlo– había publicado un libro, conjeturo, hecho por encargo y obedeciendo la moda que hoy obliga a las puertas de toda campaña electoral, tal y como lo hizo hace unos años Barack Obama con sus libros “La audacia de la esperanza” y “Cómo restaurar el sueño americano”. Otros políticos en el mundo replican este estilo, aunque jamás hayan escrito ni una carta, lo que en un país carente de lectores como el nuestro, simplemente pasa como invisible. Jorge Castañeda sí ha escrito libros, y lo ha hecho para brillar como posible presidente pero no lo logra, y quizá así siga. Es cierto que Peña Nieto se equivocó de manera garrafal, o se mostró como es, y por eso entre más argumentaba más ígnaro aparecía. La realidad es que esto ya lo sabíamos.

Por encima de la alharaca, sería mejor, aún si lo estimamos como acto fallido, reparar en el mensaje central que lanzó: él lee la Biblia. Sigue en esto lo que han hecho los neoconservadores: estudiar textos bíblicos en razón de que muestran caminos privilegiados para construir proyectos de poder. En los think tanks de los republicanos norteamericanos (Reagan, los Bush), aparte de los excomunistas profesionales, de pensadores de la talla de Leo Strauss, estaban los expertos que combinaban la politología con el Viejo Testamento, y les dio resultados para hacerse del poder durante un ciclo largo. En el affaire literario de Peña Nieto, lo otro es circunstancial: que si Fuentes o Krauze. La esencia está allá, si usted quiere, un revelador lapsus. ¿A qué horas un político profesional, con agendas abrumadoras y con un proyecto presidencial a cuestas puede dedicarse a deslizar sus ojos por novelas, memorizar títulos, aprender autores? A ninguna, simple y llanamente; su preocupación era Moreira, Beltrones que no aparecía por ningún lado, los gobernadores que exigen sus listas de diputados y senadores. Ser ignorante en letras es distinto a carecer de cultura política, que es otra cosa. Cuando abordamos esta última, nos debe quedar claro el dato de que el mexiquense tiene una y sólida y es la del viejo autoritarismo nacional que data de la Conquista, la Colonia, el conservadurismo, la síntesis priísta de todo ello, que le ha permitido en pocos años estar colocado ante la posibilidad de restaurar al PRI en el Palacio Nacional, para desgracia de la república.

Para no caer en polémicas baladíes, a cualquiera de los aspirantes presidenciales que le ponga la mano encima, se le va a reprobar. Además, no puede ser de otra manera. Habrá quien haya leído muchas solapas, quizá alguno al que un consejero le habla de escritores, directores de cine, pintores. Tarjeteo, le llaman, y Federico Campbell ha escrito brillantes páginas al respecto. Pero eso no es lo suyo, y si realmente han tenido interés por todas estas cosas y tienen un buen nivel, estupendo. Lo otro sería pensar que López Obrador, Josefina Vázquez Mota o cualquier otro profesional de la política, permanece muchas horas del día encerrado en una biblioteca. Así que no tiene caso tratar de demostrar lo que ya todos sabemos. Paso por alto, sólo para subrayar, que cuando voy con un excelente cardiólogo, que ha demostrado la pericia en su ciencia y técnica, que no haya leído a Homero, Dante, Virgilio y ya no digamos al nada fácil James Joyce. Busco a ese médico porque es médico, no experto en literatura. Es igual con la política, aún en la perspectiva de que esos políticos se vayan a poner al frente del Estado e influir en todos los ámbitos de la vida. Concluyo que quienes se ocupan de los dislates de Peña Nieto a lo más contribuyen a darle presencia mediática en tiempos de veda publicitaria.

Muy pocos han saltado de los libros al poder, y no siempre la experiencia ha sido estimulante, como lo demuestra Adolfo Hitler con “Mi lucha”, y Lenin, con lo que se convirtió después en sus 40 tomos de obligada lectura para los que pasamos por esa cárcel. Si bien es cierto el libro como tal –el que sea– está rodeado de un halo de santidad (por algo ambos Testamentos son el libro de los libros), que es magia que viste de cultura al autor, no es ni remotamente lo más importante, menos en un político que sólo sabe citarlos, o simplemente publica como propios textos de encargo que le hacen sus amanuenses.

Hay ejemplos de notables pensadores y filósofos que se adentraron a la práctica de la política y quizá venga a cuento reseñar algunos casos. Empiezo con el idealista Platón, para algunos el primer autor de una utopía, y para otros el padre del totalitarismo. Incursionó en proyectos políticos absolutamente fracasados y no una sola vez. En uno de sus reveses estuvo a punto de perderse y lo salvaron quienes lo libraron de la esclavitud, cosa en sentido estricto a lo que se le destinó, quizás por sus amplios homóplatos. En su tiempo, y mucho después, fue una de las grandes potencias del pensamiento occidental y personalmente no le sirvió nada de eso para instalar un gobierno en la diminuta Siracusa.

Está el ejemplo de Marco Aurelio, el gran emperador de Roma, el filósofo notable que nos legó sus “Meditaciones”. De una parte se reconoce que no llegó a la cima del poder por su sabiduría y sus enseñanzas, tampoco orientaron a los legionarios que siguieron dominando al mundo, y enmudece, por otro, cuando llegaron los pretorianos propios de la decadencia de Roma.

Doy un gran tranco: Maquiavelo equipó con grandes consejos para hacerse del poder y conservarlo, hoy es un indispensable en la ciencia política. De nada le sirvió ese bagaje cuando padeció prisiones, torturas y exilio político. En otro polo está el santo de los políticos, Tomás Moro, hombre de la estatura de Eramo de Rotterdam, sacrificado por Enrique VIII, muy cristiano, como aquellos, pero que no se detuvo ante la eminencia y sabiduría del que fuera su lordcanciller. Libros, cultura y poder caminan por sendas diferentes.

En América ha habido hombres de letras y éxito político, como Domingo Faustino Sarmiento, que llegó a presidente de la Argentina y la actividad política no le impidió escribir el “Facundo o civilización y barbarie”. Rómulo Gallegos, el autor de “Doña Bárbara”, tuvo tiempo de ser presidente de Venezuela, abriendo una esperanza democrática en elección altamente participativa y ser autor real no le impidió que los militares lo derrocaran. Su cercanía con los libros no le dio frutos finalmente en política. Al lado de él está la experiencia reciente de Mario Vargas Llosa, derrotado por Alberto Fujimori. Entre nosotros hay ejemplos proverbiales: intelectualmente muy bien dotado, Lucas Alamán no pasó políticamente de formarle la corte al libertino Antonio López de Santa Ana.

El tosco Porfirio Díaz se quedó treinta años en el poder, sobre los restos de los muy cultos e ilustrados Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias. Para él, las armas eran mejores que la cultura a fines de acrecentar el poder político propio. Con brillantes textos, Ricardo Flores Magón acusó de mamarracho la “Sucesión presidencial en 1910” de Francisco I. Madero (título poco original porque Iglesias ya había escrito otro similar), lo que no impidió al de Parras llegar al poder, detestado, además, por el anarquista oaxaqueño. Don Panchito es el caso único que reivindicando el sufragio efectivo, llegó con el poder de las armas. A José Vasconcelos, declarado Maestro de América, lo vapuleó “El Nopalitos” Pascual Ortiz Rubio. Vasconcelos fue un erudito que habría arrollado a Peña Nieto, pero éste hubiera sido su Ortiz Rubio, no obstante que el también oaxaqueño no tan sólo se las gastaba en cultura y sabiduría, sino que repartió por millares los famosos libros de tapas verdes conteniendo la obra de todos los clásicos, aún aquellos de lectura altamente especializada como Plotino.

A Vicente Lombardo Toledano lo destronaron los charros Fernando Amilpa y Fidel Velázquez. Los restos de Manuel Gómez Morín fueron hechos trizas por Vicente Fox, y aún por el ilustrado Germán Martínez Cázares. Hubo otros que publicaron libros que jamás debieron recibir el homenaje de la imprenta, como los de José López Portillo –y Pacheco, en aquellos años en los que no se imaginaba con poder alguno– y otros que pudieron haberlos escrito bastante profundos como Porfirio Muñoz Ledo, cuyo talento y cultura se tienen en gran estima por pocos. Actualmente hay quienes publican libros que previamente encargaron a quienes sí saben redactarlos. Conjeturo que dentro de estos está Carlos Salinas, Vázquez Mota, Beltrones y –obviamente– Peña Nieto. Harina de otro costal es López Obrador y su forzada reinterpretación de la “Cartilla moral” redactada por mi muy querido Alfonso Reyes; de esto me ocuparé más adelante. Finalmente hay quienes, como el gobernador César Duarte – atento hoy sólo de los libros contables del gobierno–, confunden a Gómez Morín con uno de los “siete genios”, olvidando a los “siete sabios” que sí existieron en nuestro país. Ojalá y Duarte tenga el tiempo de publicar un libro que revele quiénes son los otros seis.

Sería ideal que los políticos fueran ilustrados, o mínimamente aficionados a la lectura, porque los libros ayudan a entender mejor todas las cosas. No es garantía por supuesto que un gobernante culto se comporte decentemente. A veces resultan peores. Pero más que políticos cultivados, en México requerimos algo más elemental pero de enorme dificultad de lograr. Necesitamos políticos honrados, políticos honestos, políticos con vergüenza. Con esto se daría un vuelco enorme a la sociedad mexicana. Un viejo marxista mexicano, ya fallecido, Guillermo Rousset, decía: “En México, para ser revolucionario, basta con ser honrado”. Por aquí deberíamos orientar nuestra fiscalización de los hombres públicos, y si además se dignan pasear sus ojos por algún buen libro habrá entonces una ganancia adicional, para ver si esa vigilancia ciudadana combinada con la lectura lleva, al menos, a exhibir a los abundantes depredadores vestidos con piel de raposa, de zorro.

Millones de mexicanos saben que Peña Nieto lee la Biblia, eso adquirió un peso instantáneo, anuncia profundización de los esquemas neoconservadores. Después podrá aclarar (ya lo hace) que se equivocó con Fuentes, que trae demasiadas cosas en la agenda, el estrés encima, y hasta ofrecer que emprenderá la titánica empresa de leer bibliotecas enteras. En medio de un pueblo que no lee, logrará engañar. Eso no cambiará para nada la (in) cultura que reporta nuestra clase política, y quiero decir que esto tiene una dimensión específica que sólo se resuelve con gobiernos de instituciones sólidas, que atemperan los defectos del hombre. Hoy por hoy éstas no existen, son instituciones obsoletas que, por tanto, magnifican los defectos de los hombres como Peña Nieto, que pretende llegar de la mano de la inculta Gordillo, lo que magnificaría su ignorancia supina que se dejó ver por la FIL en Guadalajara.

Jaime García Chávez
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