Un informe de gobierno se puede ver bajo la óptica de un prisma con muchas caras. Pero hay informes en los que la demagogia sustituye a la rendición de cuentas y resulta inútil detenerse en sus estadísticas, sus obras y todo lo que rodea a un evento en el cual un solo hombre se dirige a la colectividad. Realizaré someras observaciones en torno al que Duarte Jáquez escenificó –lo digo deliberadamente, tomando un término de la dramaturgia– por una razón obvia: no sabemos dónde está el informe y dónde la demagogia; dónde la esencia y en qué sitio la liturgia ritual, por cierto soberbiamente onerosa.
Para no citar las trilladas frases del ministro de propaganda del Tercer Reich, de Adolfo Hitler, les recuerdo esta: “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que les distraigan”. En efecto, la adversidad continúa sobre Chihuahua, sobre el país entero, que ha sido recientemente calificado en franco retroceso en materia de desarrollo de su incipiente democracia. No es casual que los índices de violencia que padecemos se trasladen a la violencia en las escuelas, a grados preocupantes. Como tampoco resulta incomprensible decir el por qué la aprehensión de un capo como “El Flaco” Salgueiro, que algún tiempo fue huésped de Chihuahua, ponga en estado de alerta máxima la seguridad que el gobierno dice prestarle a la sociedad. La voz femenina del gobierno, como para consolarnos, nos dice que puede haber sangre por esta detención, pero que será de los otros, de los del crimen organizado, como si eso sirviera de algo.
Los bosques se queman, la sequía azuela al estado, la agricultura está colapsada; las reses, cuya carne marmoleada se iba a consumir en Japón, mueren lastimosamente por todas partes; el empleo sigue cayendo y su impulso desde el estado imposible porque su incremento o decremento se decide en otras partes del mundo y, encima de todo eso, gobernar con la apariencia, haciendo a un lado las instituciones y montando un escenario multitudinario con acarreados a modo, provenientes de todo el estado y el país. Multitud en la que conviven los hombres del privilegio económico y político, al lado de burócratas obligados, campesinos aborregados, y todo eso que algún tiempo se llamó “las fuerzas vivas”, incluido el clero.
El viejo PRI, es lo que se vio en el informe de Duarte. El viejo PRI en contenido y forma. Es estilo de la distracción y peligrosamente regresivo para la democracia, porque el informe más que todo fue para decirle a Enrique Peña Nieto el talante del Ejecutivo local, mostrarle indubitablemente la capacidad de movilización con cargo al erario. Se trata del vetusto estilo que algún día pensamos habría de irse, pero que está a la orden del día como nunca. Duarte se solaza en ser un gobernador mediático. No le interesa el ser, la miga dura de la realidad, sino cómo se le percibe y con esa meta la simulación y las apariencias despojan al conocimiento y a la auténtica rendición de cuentas del lugar central que esta institución ocupa en toda democracia que se precie de tal en el mundo entero.
Por eso es correcto que nos refiramos puntualmente a algunos detalles. El primero tiene que ver con los lacayos, con los que de una u otra manera dependen del presupuesto: son los aplaudidores de oficio. Lo siguen las clientelas: el que ha recibido un tractor aquí y otro allá, el beneficiado con un toro de registro, el que gestiona la dispensa de alguna auditoría o está pendiente de la firma de algún contrato en proveeduría, sin faltar los intelectuales en busca de algún premio estatal. En fin, las clientelas.
Paradójicamente también están los partidos que por definición se les cataloga de opositores. Las voces del PAN y el PRD y sus representaciones congresionales llenarían de rubor a Manuel Gómez Morín o a Heberto Castillo. Son parte del coro.
Y qué decir de los empresarios. Los hay del PRI y resulta explicable que aplaudan hasta la saciedad. Pero hay dos segmentos del empresariado que mueve a preocupación y que nos recuerda que otro alemán, este sí de gran valor, Carlos Marx, está vivo. Hablo de los empresarios panistas, de los que en los años ochenta quemaron incienso a la democracia y se les llenaba la boca diciendo que a México lo que le sobraba era Estado y lo que le faltaba era sociedad. Pues bien, esos empresarios, enemigos acérrimos del populismo, del ogro filantrópico del que habló Octavio Paz, que pataleaban al keynessianismo como la encarnación de satán, ahora aplauden, aplauden y aplauden. A diferencia de los clientes campesinos, aplauden con sus joyas, como lo dijo John Lennon. A estos se les obliga a hacerlo con sus curtidas manos. Me queda claro que antes que ideales tienen intereses, aunque la verdad sobre actúan y de qué manera.
Angostando un poco más el embudo por el que destilo a estos empresarios, me refiero a ese otro segmento que también se sumó a la porra duartista y que antes, ahora y mañana continuarán con su discurso de apuntalar al cuarto sector de la sociedad y el fortalecimiento de la sociedad civil y la construcción de ciudadanía. No predican con el ejemplo y se suman a la masificación obligada para rendirle culto y pleitesía a un gobernante que inicia y además lo hace mal porque de manera opaca gasta en promoción personal sumas fabulosas de dinero público que se requiere prioritariamente en muchos otros rubros.
Me preocupa un aspecto y hago una aclaración previa. No estamos en medio de un régimen totalitario como el nazi, el soviético, que ya se extinguieron, o los vigentes en China y Cuba. No es el caso, pero quiero referirme sólo a un ingrediente que lo hermana con el talante totalitario de gobernar: el culto al líder, el culto a la personalidad del gobernador, el estar permanentemente subiéndolo a un pedestal sumamente elevado, sin darse cuenta de que así se corrompe la democracia, se aniquilan las instituciones y se crean los tiranos.
Pero no es lo que quiero subrayar. Mejor es hablar de ese desdoblamiento que examina el búlgaro Todorov en las sociedades totalitarias y que ya lo vemos cotidianamente aquí. En público, cuando se tiene que abrir la boca sólo se escuchan loas y ditirambos para Duarte, máxime si el que habla es funcionario público, pero en la casa, en la media luz del bar, en el club privadísimo, ahí los mismos que cantan en la otra escena, aquí vociferan, se avergüenzan de lo que tenemos, lo repudian, quisieran cambiarlo. El todopoderoso en estas voces lo ocupa un hombre que levitando por el poder que lo insufla, se conduce demencialmente. Y así, una vida doble, esquizofrénica, enferma, que sólo abona la degradación, la tiranía y el desastre. Es para preocuparse, más si en nuestro derredor vemos la indolencia social, el dejar hacer y el dejar pasar. La incertidumbre. La dudosa unanimidad. Duarte es osado, continuará por los mismos pasos que ya ha dado, porque sabe, siguiendo la línea de Goebbels que “cuanto más grande es la mentira, más fácil es que la gente se la trague”.
Termino con mis pobres escenas de un domingo en la soledad y me digo a mí mismo: “Tienes razón, Jaime”. Pero no es una razón del que previamente se ha autoconvencido, no. Recibí los periódicos dominicales del 2 de octubre en el quicio de mi casa, al igual que usted. Pero en lugar de leer sus notas, columnas y demás, tomé el primero que tuve en mi mano, me dirigí a la tienda de la esquina y lo pesé. Era un kilo con 200 gramos de papel, 125 páginas, en ellas 276 fotografías del rostro de César Duarte y 218 felicitaciones a su gobierno. Es la numeralia del poder, en un solo medio. La radio, los digitales, el resto de los medios impresos, la televisión, se comportó y comportó igual y esto se agrava porque al señor le dio por anunciarse en la Ciudad de México. Ni Hitler en su tiempo.
Aterra pensar que esto se multiplique en el 2012. Por eso digo que Goebbels no ha muerto y su ominosa herencia adquiere discípulos como el gobernante chihuahuense. Hoy que ha muerto Steve Jobs, recordemos lo que un solo hombre y su única compañía es capaz de hacer. Lo digo porque estimo que el mayor poder lo tiene en sus manos un simple ciudadano que se decida a acabar con tan abultados aparatos de poder y propaganda, en favor de la participación responsable.

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