viernes, 21 de octubre de 2011

Calderón ante el NYT: El peso bruto del narco



Desde que se inventaron los voceros la palabra de los políticos se tornó, a un mismo tiempo, más confusa y carente de responsabilidad. Cuando Porfirio Díaz rindió su históricaentrevista con el periodista Creelman, afortunadamente no le salió ningún intérprete, como sucedió ahora con la reciente del New York Times (NYT) a Felipe Calderón. En realidad no se necesita mucha inteligencia para entender las palabras, su sentido, su intención última, que en medio de muchos otros temas se refieren a un pasado que es el del PRI y el autoritarismo y cómo se encaró el problema del crimen organizado vinculado al tráfico de drogas; es decir, el viejo modus operandi del régimen priísta que podemos catalogar como un sistema de dejar hacer-dejar pasar, no sin antes erogar el estipendio negro a secretarios de estado, procuradores, gobernadores, jueces federales y toda la caterva de funcionarios menores que se beneficiaron del tráfico de enervantes. Esta es una historia ya documentada, de tal manera que Calderón no está diciendo nada nuevo.

Sin embargo los del PRI reaccionaron no nada más con el instinto propio del que se siente aludido, sino como la presa que entiende que las municiones de Calderón están cargadas de veneno letal. En primer lugar porque se anuncia el protagonismo electoral de la presidencia de la república –en franco desprecio de la retórica democrática del PAN– y, en segundo, pero no el último, porque el destinatario es Enrique Peña Nieto. Luego es válido entender el código electoral que orienta la entrevista, como explicable es la réplica y el desmentido de los funcionarios calderonianos que pretenden amortiguar la crítica con el claro entendido de que todo mundo pondrá el acento en las palabras del presidente panista y olvidará la exégesis de sus funcionarios. En esencia se trata de un uso y abuso de la comunicación. Los gobernantes actuales hablan para los medios y son éstos los que desperdigan entre la sociedad la información, la lanzan a los cuatro vientos y el beneficio o daño que causan es instantáneo; lo que viene después por regla general ya no cobra el mismo impacto. Esto lo saben los priístas.

La entrevista al NYT es amplia y sólo me ocuparé en la parte que aguijoneó a los priístas. Para Calderón no vale la pena, como interlocutor, Enrique Peña Nieto, que antes había criticado la eficacia en materia de seguridad, pero de todas maneras nos dice con todas sus letras que es el Estado de México el más atrasado en el control de confianza de sus agentes policiacos, que no cumplen con los controles de confianza y habla de un pasado de colusión de los gobiernos priístas con el crimen organizado y en particular con las bandas de narcotraficantes. En otras palabras, que menudearon los arreglos y los convenios, los jugosos negocios de un tráfico de drogas que básicamente se destinaba al paraíso de consumo de los Estados Unidos, sin afectar el potencial mercado interno. En realidad los priístas no tienen cara para replicar.

Vinieron tiempos nuevos y con ellos la necesidad de redefinir el peso de los problemas, baste decir que en términos económicos se calcula, según Calderón apoyándose en datos de la DEA, que el negocio de las drogas vale 100 mil millones de dólares, de los cuales una cuarta parte se queda en el país. Agregue a esto el tráfico de armas, la complicidad de los aparatos financieros para el lavado y la perversa geopolítica de Estados Unidos en materia bélica y ya tendrá ingredientes suficientes para entender el agigantamiento de los problemas, la dificultad de su comprensión y los retos que significa enfrentar el tráfico de las drogas en un mundo global, por eso Calderón recurre a la metáfora de la geometría analítica. Que esto empezó antes de Fox, no hay duda, como tampoco que hemos pasado los últimos diez años con medidas gubernamentales erráticas, crecimiento exponencial de la violencia por el uso inconstitucional de las fuerzas armadas y por una crisis institucional a la que no se le ve solución al corto plazo. Calderón, aparte de su ilegitimidad de origen, es una caricatura del presidencialismo decadente, del presidencialismo que no sabe cómo responder, cómo actuar, y le preocupa –y aquí está uno de los grandes problemas– que su partido pierda la elección presidencial como es pronosticable que suceda. Su apuesta es la impunidad que le pudiera prodigar Ernesto Cordero, un precandidato con el síndrome del que se cae a un pantano: entre más se mueve más se hunde. Calderón juega, entonces, a un futuro en el cual no tenga que responder por sus faltas, por el baño de sangre que golpea a la república. La sola idea de comparecer ante la Corte Penal Internacional le aterra y sabe que volteando al pasado, al presidencialismo priísta, puede obtener ventajas ya no como estadista, que no lo es, sino como jefe de facción del Partido Acción Nacional.

Calderón hace matices más que interesantes: cuando habla de la posibilidad de su reemplazo por un priísta, habla de un “depende quién” (en este caso Beltrones o Peña Nieto), aunque él no hace la disección así. Afirma que “en corto” mucha gente del PRI coincide con su política en materia de seguridad y obviamente en muchas cosas más. De paso llamo la atención sobre este desdoblamiento de personalidades, propio de los totalitarismos. En realidad lo que hace Calderón es poner en la agenda el tema de los arreglos o convenios que un futuro presidente habría de celebrar con los criminales, para descartarlos porque él es pertinaz en su visión de guerra que quiere ver prolongada para los próximos años sin importar quién lo suceda. Y si bien los del PRI se pusieron el saco porque contestaron como grupo, como un partido total, no nada más lo hicieron en un ejercicio de autodefensa sino porque quieren dejar bien claro que en este renglón seguramente Peña Nieto será el instrumento para un régimen bélico de mayor profundidad, híbrido, como dicen algunos, porque como ahora se mantendrá el estado de sitio en muchas regiones y, a la vez, el discurso del Estado de Derecho. 

En otras palabras, el PRI lo que quiere es un beneficio de inventario: deshacerse de la herencia del pasado, que no le favorece electoralmente, pero a la vez dejar abierto un rostro más endurecido de la violencial estatal para los próximos años.

En esta guerra se entrecruzan muchos problemas. Muchas visiones también, entre ellas las de Fox, Sicilia y Solalinde, que están por una especie de perdón y olvido, impensables por lo demás. Los intereses de un gran negocio que los Estados Unidos no van a dejar que se les vaya de las manos, incluido el propósito de mantener a México ocupado en una guerra sin fin que no le es propia. Ya se escucha, y fuerte, la voz del expansionismo de los precandidatos republicanos, y en especial la del texano Rick Perry. Tenemos además las pedestres mafias del crimen. 

Quiero decir que hay mafias y mafias. Me explico: cuando uno lee El Padrino de Mario Puzo puede percatarse que a Don Corleone le preocupaba lo que decían los periódicos y los políticos, subrayando que sus vendettas, riñas y demás, conducían a medidas gubernamentales más duras en su contra. Pero no solo. Don Corleone, cito libremente, incluso llegó a pensar que la indignación pública con la violencia del crimen podría conducir a la suspensión de los métodos democráticos de gobernar. Sin quitarse el sombrero, desde luego, se advierte cierta civilidad, y eso entre nosotros es impensable ahora; de una parte porque muchísimos paradigmas se han quebrantado, empezando por el del respeto a la vida humana que ya no vale nada. 

Las mafias mexicanas son primitivas, no han alcanzado el “refinamiento” de otras que bien se describen en la misma obra, cuando se afirma que “matar policías no es rentable”, lo que quiere decir que El Don habla de policías auténticos, no policías que son a la vez “policías” y delincuentes.

La visión de las élites del PRI y el PAN es la misma en cuanto al empleo de la violencia, y sostengo que la réplica furibunda de los priístas en torno a la entrevista del NYT es producto de que Peña Nieto, el candidato mejor posicionado en el PRI, es el prospecto de tirano armado al que ahora se le quiere dañar convocando los espectros de los arreglos acostumbrados durante la era del viejo partido de Estado.

Para mí la crítica a la entrevista calderoniana se sustenta en un punto. Él no se concibe como parte del problema, siéndolo y en alto grado. Si nos hubiera dicho –siguiendo un pensamiento despeinado de S. J. Lec– que el cálculo lo hizo en bruto, sus palabras tendrían algo de credibilidad; de hecho no inspiran confianza alguna. Y es que, según este autor, “el peso de un problema se calcula en bruto. Nosotros incluidos”. Esa es la cuestión.

Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ


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