[...] Con todo cinismo dice no haber traicionado a nadie y menos al PAN que lo despojó de sus hechos y, por ende, de sus obligaciones.
Nada extraña la lectura de sus imperativos categóricos cuya salida es marcharse al PRI, como antes lo hicieran en la izquierda René Arce y Rosario Robles [...]
Manuel de Jesús Espino Barrientos, exjefe nacional del PAN y uno de los hombres clave de Vicente Fox y Martha Sahagún, se pasó con todo y sus bártulos a las filas de Enrique Peña Nieto. No va solo, se dice acompañado de figuras del panismo y de un movimiento civil denominado “Volver a empezar” –ignoro su tamaño–, luego de sus desventuras con el calderonismo que lo bajó de la nube en que anduvo, por cierto no muy baja. Formó parte de la corte presidencial, del tándem para defenestrar a López Obrador en 2006 e indiscutible líder partidario que trascendió las fronteras cuando ocupó un cargo de alto nivel en la Internacional de partidos demócrata-cristianos. Al tomar en cuenta su red de relaciones con el poder no podemos menos que reconocerle un peso específico significativo; vamos, lo que quiero decir es que no es un don nadie que cruce el ruedo simplemente porque ya no le gustó el flanco que ocupaba.
De mucho tiempo acá me queda clara su militancia en la derecha extrema, esencialmente fascistoide. Él no es, no ha sido, un demócrata en la mejor tradición que se reinventa con el proyecto de Manuel Gómez Morin. Al militar en la derecha es, ni más ni menos que un cruzado, un rabioso adversario de todo lo que significa liberalismo, democracia, republicanismo, izquierda. Eso explica sobradamente el por qué de su cambio de piel, el por qué aparentemente destruye la esencia de su vida para echarla al cesto de la basura cuando se pasa a las filas del priísmo, enemigo ancestral del PAN, del que en los últimos lustros muy poco los separa de su visión de país, sobre todo en materia de economía y política social. Con todo cinismo dice no haber traicionado a nadie y menos al PAN que lo despojó de sus hechos y, por ende, de sus obligaciones. Nada extraña la lectura de sus imperativos categóricos cuya salida es marcharse al PRI, como antes lo hicieran en la izquierda René Arce y Rosario Robles.
En las democracias avanzadas –para nada pienso en mi país–, este tipo de mutaciones suelen verse con cierta benevolencia. Se dice que los hombres y las mujeres pueden cambiar de proyecto cuando, en su propio criterio, quedó agotado en el que hacían fila y hasta se ponen ejemplos de mutaciones proverbiales que no viene al caso reseñar. Así, tildarlos de traidores suena a rispidez, a lenguaje atroz, a visión unilateral, a violencia verbal. En la especie no es así. O si se quiere, así es, para mayor perjuicio de la poca respetabilidad que aún le queda al PAN en México. Si vemos la trayectoria de Manuel Espino, su adhesión al PAN, las batallas que dio, siempre dejando una estela de desasosiego, tendríamos que decir que es un traidor, pero no un traidor menor. Si nos atenemos a los círculos que Dante narró para el Infierno, él quedaría condenado a vivir en el noveno, en el candente anillo, por haber defraudado a su propio partido y por eso condenado a morir de hambre. Quizá para su consuelo, cuando llegue a dicho sitio, se encontrará con Fox y su señora esposa, no para mitigar sus sufrimientos, únicamente para no padecerlos en la soledad.
Me adelanto y reconozco dos cosas: que ni tengo porque sudar por esta traición –dónde está su moral, dónde sus valores– y menos que expresarme así sea propio del que practica la urbanidad democrática. Especialmente esto último es cierto. En otros confines sería tan ordinario el hecho que se diría que hubo un reacomodo de las élites del poder. Insisto, no creo que sea el caso; y si así fuera, la gravedad de lo que estamos viendo es mayor: no es que Espino se haya desplazado en las últimas 72 horas, su travesía ya tenía varios lustros y lo que ahora vemos es simplemente que ha salido de su clóset político. El Espino de ahora es el que fue y debe ser voz de alerta en torno al comportamiento de Peña Nieto, un hombre estructuralmente de derecha, que se rodea de traidores lanzando un más ominoso mensaje al futuro del país.
Esto me lleva a un par de reflexiones. La primera se la endilgo al panista promedio, católico y demócrata –mientras esto último le convenga– que se pregunta, quizá sin saberlo, con las mismas interrogantes de un poeta y dramaturgo del siglo XVII: ¿no existe para los manuel espinos alguna maldición especial, algún ignoto rayo en las mansiones celestes, algún rayo rojo de descomunal furor para abrazarlo por su empoderamiento que ha conducido a la ruina de la patria? No señor o señora panista, ese castigo no existe ni aquí ni en ninguna parte, y si los hace felices, piensen que pagará sus culpas en el juicio final, pero por lo pronto los beneficios que obtendrá Peña Nieto por su traición aquí se quedan, aquí ha causado el daño y por eso está condenado a llevar el consabido Sanbenito de Iscariote que tuvo la decencia de colgarse (perdón Thomas de Quincey).
Pero no hagamos metafísica. Veamos un par de hechos: su odio a la izquierda mostrado en su fanática militancia contra la opción que ha representado Andrés Manuel López Obrador los últimos quince años. Tan solo esto ya da los elementos de definición de Espino. Pero veámoslo en su empeño particular, en la batalla que emprendió contra Manlio Fabio Beltrones y al que le dedicó un libro que paseó por toda la república: Señal de Alerta. Advertencia de una regresión política (Editorial Planeta. México, 2008), en el que reseñó lo que significaba empoderar al sonorense con la candidatura presidencial que ahora ocupa Enrique Peña Nieto. Hasta por su vida temía por levantar la voz como lo hizo en este libro, que cualquiera podría estimar como la voz de un convencido adversario del PRI, quizá dispuesto a muchas rectificaciones pero nunca a sumarse factualmente a él, por más que la envoltura de las palabras pretenda ocultar el fondo de la traición.
El Partido Acción Nacional va en caída libre: su candidata presidencial, con un tercio sustancial de los votos, deambula por el país como un fantasma mortecino y a veces ridículo. No calienta ni a su círculo más cercano y la derrota se advierte en su impávido rostro. Pero esa no sólo es su cara, es el rostro del PAN mismo, del partido y gobierno que se carcomió en muy pocos años por el ejercicio del poder en el que menudeó la frivolidad y la política destructiva de fuerza que encabeza Calderón y su guerra inútil y sanguinaria y la presencia del mercado salvaje en la economía sin un Estado que entregó a México a la plutocracia internacional. El PAN vació al Estado de su propia constitucionalidad. Es la crisis de un PAN en el que la identidad se perdió y, Talmud gomezmorinista aparte, ya no se sabe razonablemente dónde terminan sus fronteras y dónde, en su propio seno, se inician las del PRI. Es un grave problema de cultura política. Así las cosas, para Espino irse a la campaña de Peña Nieto es como un simple reacomodo de las funciones que tienen las habitaciones en su casa: la cocina la cambia a la sala, la recámara al comedor sin que algo altere absolutamente nada. Si le resulta más cómoda la frase de cambiar de casa para quedar en la misma familia, admito la figura.
En esencia, se trata más que de la traición a un partido, de su congruencia al odio que siente por la izquierda, y en este caso por Andrés Manuel López Obrador y su proyecto electoral que hoy tiene un repunte inocultable que hace que los peñanietistas acepten a Espino que, tras bambalinas, es observado con perversa sonrisa dibujada en el rostro de Beltrones que obviamente tiene un corazón más chico que no le permite hospedar en sus afectos al expanista, este sí de corazón XXL, que ya se le olvidó que el delincuente exgobernador y peligroso político al que se dedicó a denostar, será el jefe de los poderosos priístas en la Cámara de Diputados del Congreso federal y que votarán por él, gane o pierda Peña Nieto. Quizá hasta Beltrones pueda decir en este momento: bienvenido, amigo, pero jamás olvides que para los traidores no existe la piedad.
En medio de este suceso, llega el viento fresco de una juventud rebelde que ciertamente sin partidarismos nítidamente demarcados, toma las calles, entre otras cosas porque, como dijo Javier Sicilia, ya están hasta la madre de ver estos espectáculos. Donde se escenifiquen, poco les importa.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ.

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