Ante las discusiones, las poses, las imágenes, los lamentos, los argumentos, los políticos y las políticas recicladas, las confusiones, las propagandas, y, sobre todo las visiones cortoplacistas resulta necesario el análisis serio, profundo, capaz de hacer comprender y entender la problemática de nuestros pueblos indígenas, particularmente los rarámuris, a la vez que su grandeza regateada por siglos...
El concepto clave es la diversidad esa “megadiversidad” en la que se sitúan la diversidad étnica y racial de México, de la que Chihuahua es partícipe, desde la riqueza del reconocimiento de la pluriculturalidad del país.
Tal riqueza remite a las más de sesenta poblaciones indígenas en el país, la raíz negra al lado de la criolla y un mestizaje innegable. Para unos se trata de identidad, raíz y razón; para otros sólo es color, folclor, ignorancia o nada.
Pero el quince por cierto de la población mexicana pertenece a esta diversidad, donde generalmente privan la desigualdad, la pobreza, el abuso y la discriminación, que se viven cada día y se han vivido no por años, sino por siglos de explotación y miseria.
Las sociedades indígenas del país, del estado, de nuestras ciudades, se sobreponen o tratan de hacerlo, por lo que cada vez más buscan reafirmar su identidad. En el arte y en la cultura tan pronto se analiza la herencia Afromestiza, que la Wirrarika, Cora, Nahua o Rarámuri, grandezas de nuestras razas.
De ese México indígena, el México pluricultural, el México diverso, hay mucho qué aprender todavía, mucho qué observar, escuchar, comprender, desde nuestra sociedades supuestamente “modernas”.
El arte y la cultura son manera de asomarse a las etnias y las razas, a la vez que son formas de preguntarse qué hay detrás de tanta belleza, de tanta dignidad, de tanta sabiduría, pero sin ignorar lo otro, las carencias y los abandonos, en esas sociedades que buscan desarrollo y crecimiento, progreso y justicia, pero sobre todo respeto.
La discusión de estos días en torno a la Tarahumara, me hizo volver a “México Diverso”, de Héctor Díaz-Polanco y Consuelo Sánchez, libro que, desde hace 10 años, insiste en el tema de la autonomía de los pueblos indígenas. Creo que las referencias a este tipo de trabajos es necesario para establecer un marco de estudio serio, más allá de las opiniones ligeras, simples o sencillas, para entrarle al debate de la diversidad desde el marco propicio de las ciencias sociales.
Señalan los autores que la presencia de pueblos con identidades propias y diferenciadas en el marco de los Estados-nación contemporáneos constituye un espinoso desafío político, especialmente para las llamadas “democracias emergentes”.
Se trata, recuerdan, de complejos procesos históricos ya que a menudo dichos pueblos han quedado como apresados en estructuras estatales que, según el punto de vista de los grupos identitarios correspondientes, no le hacen justicia.
Díaz-Polanco y Sánchez ven el problema desde dentro de esas sociedades: “Inconformes con su situación económica, social, política y cultural, los pueblos reaccionan de dos maneras: declinan permanecer en la sociedad política que los sujeta y, en consecuencia, procuran constituir su propio 'hogar público'; o reafirman su pertenencia al Estado-nación, mientras reclaman el reconocimiento de derechos —en tanto colectividades— que entrañan algún grado de transformaciones del arreglo sociopolítico en vigor.
Los autores advierten que el primer camino lleva al separatismo; el segundo conduce por los senderos de la autonomía y que ésta es la opción que, como regla, han escogido los pueblos indígenas, no sólo de México, sino en América Latina:
“Aunque en apariencia menos radical que el separatismo, al igual que éste la opción autonómica suscita resistencias enormes por parte de los grupos que controlan los aparatos estatales, que son el reflejo, a su vez, de la renuencia de poderosos sectores —liberales ortodoxos, en primera línea— a considerar cualquier cambio que se traduzca en fórmulas de pluralidad multicultural. En esa circunstancia, es común que se desate una fragorosa contienda en torno a la legitimidad, conveniencia o viabilidad de la autonomía. El debate autonómico, que a veces rebasa la intensidad de las palabras, ocupa entonces parte de la atención pública. Su desenlace es imprevisible”.
Las pretensiones socioculturales y políticas de esos pueblos, sus derechos, van más allá de los temas de interés local y de las reivindicaciones particulares de uno o más grupos, como ocurre con los rarámuris junto con otras etnias y razas.
La discusión es de fondo no de maquillaje, fotos, dádivas o mera opinión, la diversidad de México y Chihuahua, exigen profundizar, desde los pueblos mismos, con ellos y para ellos, el respeto, la justicia, la dignidad y la grandeza de nuestras raíces étnicas y raciales. Que ese sea el reto de las políticas y de la política, un reto aplazado por siglos. ¡Hasta siempre¡
Por: Francisco Rodríguez Pérez

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