sábado, 14 de enero de 2012

Populismo de derecha



Casi es un apotegma: el estilo es el hombre, frase célebre del Conde de Buffon. No se desprende de la misma dónde está el contenido y si corresponde a la forma, de tal manera que llegar a la miga o esencia se convierte en una verdadera dificultad cuando hacemos de esa frase un instrumento de análisis. Esto viene a cuento porque quiero comentar cómo gobierna César Duarte y cómo ha dispuesto, con cargo al erario, que se le presente para ser percibido. Reconozco que penetrar por estas sendas nos hace presas del subjetivismo, pero por hoy no deseo adentrarme en la presentación de datos duros, examen de estructuras de poder, la práctica de la vieja cultura autoritaria que se reproduce todos los días y otros temas, convertidos ya en lugares comunes.

A lo largo del último año hemos podido convencernos de la presencia de un estilo recurrente: al gobernador no le interesa el ser, tanto como la percepción que se tenga de él. Pareciera que su lema es el muy filosófico ser, es, ser percibido. En otras palabras, su propósito es hacer de los medios el instrumento central. Los colaboradores cercanos ya lo llaman el gobernador mediático. Cuando esto sucede, un primer significado a considerar es que muchas cosas van mal; esa es nuestra historia reciente.

La administración se inauguró con un lema: “el poder es para poder, y no para no poder”. Se trata de un lenguaje que lo mismo puede pretender sembrar esperanzas, como operar cual navaja que corta los nexos con un pasado, que es el propio pasado del gobernante, en el que la eficacia estuvo ausente, y jamás le preocupó por razones partidarias. También para presentarse como el hombre fuerte, como el gobernante unipersonal que concentra todas las potencialidades de un buen monarca. ¿Quién lo sabe? En tal sentido escudriñar hechos para un balance, resulta mejor que la simple fraseología.

El primer sacrificio lo sufrió la precaria división de poderes y el aniquilamiento de los órganos constitucionales autónomos. El Congreso del Estado se convirtió, como nunca, en una intendencia al servicio del Ejecutivo, y los dislates son grandes y solamente reactivos como la cadena perpetua y el servilismo de la Auditoría Superior del Estado. El poder Judicial –esencial para los contrapesos y la vigencia del estado de Derecho– está postrado no sólo por su dependencia sino porque ha caído en la condición más grotesca que registra la historia política del estado. Los magistrados se reúnen periódicamente con el Ejecutivo para recibir instrucciones y muy pocos resisten aunque no dejan de asistir; empero, el presidente Javier Ramírez Benitez forma parte de cuanto séquito es participado, y lo mismo baila la Conga con el gobernador en un programa para recomendar bajar de kilos, que en acciones sobre el tema de los carros “chuecos”, o en la defensa oficiosa de cuanta propuesta legislativa presente el señor Duarte en la materia que le compete. Hace unos días lo vimos aplaudiendo el relevo de funcionarios, llamados eufemísticamente “de primer nivel”. Aquí el estilo ha sustituido a los hombres, la parafernalia al control del poder por el poder mismo que está detrás del fraccionamiento y división de éste de acuerdo a la conocida idea de Montesquieu que norma el espíritu del constitucionalismo mexicano.

Pero cuando el poder no prodiga las virtudes, el maquillaje entra en acción, y si las estadísticas no son pertinentes para la percepción, peor para las estadísticas. La violencia desatada con la guerra calderonista, en boca de los especialistas, va para largo, y tenderá a tener altas y bajas y las gráficas un mes reportarán unos picos y otros descensos; así las cosas, el gobernador se solaza en presentar estos últimos como los grandes logros, aunque la violencia y la impunidad crezcan, pero esto importa un soberano bledo, lo que interesa es el día a día y cómo se perciba al hombre que ocupa el gobierno, y que de lo demás se apiade Dios, si la policía y los militares no alcanzan.

Y no señalo al supremo arquitecto del universo, como lo denominan los masones, de manera gratuita. No, lo digo porque el hombre de derecha que es el gobernador, cuando sabe que encuentra sus límites, prácticamente se hinca para poner a Chihuahua en manos de la divinidad, violentando de paso de manera pertinaz lo que queda de nuestro estado laico. Por eso tildo su estilo de populismo de derecha.

Frente a la hambruna, producto estructural de un modelo obsoleto y productor de pobreza, tenemos la respuesta más ramplona cuya nota primordial es el asistencialismo. Cobijas y productos en greña, acompañadas de fotos que circulan profusamente para presentar al gobernante y su señora como los grandes dadores. Algunas gentes de las regiones caídas en desgracia me han comentado que estos recursos van a parar de manera frecuente a las manos de los caciques que los revenden, y por regla general, de los operadores del clientelismo priísta, estrategia que lo permea todo rumbo a la elección del presente año.

Y luego viene el tema de los relevos en la administración central. Cuando se va Graciela Ortiz, el gobernador paga la doble versión de que ahora sí está integrando el equipo duartista, como si el anterior hubiera sido una obligada composición con otros grupos de poder y, a la vez, se hace percibir como el Alfred Hitchcok por el suspenso que le imprimió a lo que en realidad no es otra cosa que un simple y literal parto de los montes. El nombramiento del nuevo secretario general, lo he podido constatar con no pocos actores políticos, se advirtió como una ofensa a la inteligencia de los chihuahuenses.

El reemplazo de funcionarios tiene dos aspectos que no podemos perder de vista: la recimentación del viejo equipo del innombrable local, con todo lo que signifique en impunidad y negocios de Estado. El otro y más delicado es reavivar el conflicto de intereses. Nunca ha sido una muestra de probidad poner en la administración de los recursos financieros a hombres de negocios, cuyo talante es siempre moverse en favor de sus propios intereses, que cuando entran en colisión con los públicos resultan sacrificables.

La llegada de José Luis García Mayagoitia encaja perfectamente en esta apreciación. Ya en el pasado se ha ventilado públicamente su carácter de gran propietario rural (en el Registro Público de la Propiedad –perdón por el dato duro– aparecen 18 inscripciones, muy buena parte de ellas explotaciones forestales, ganaderas y agrícolas) y beneficios de obra pública obtenidos, que habría que precisar y siempre tener a la vista para saber de la presencia de conflictos de interés privado y público, más en un gobierno de corte cenecista, que da a un gran propietario con conflictos agrarios el mando del poder financiero, cuando bien se podría optar por servidores públicos profesionales de comportamiento neutral. Pero ese es el equipo duartista pura sangre.

Y así se desgranan otros datos, unos del Banco Mundial, de la CEPAL y de organismos nacionales que hablan de violencia creciente, precariedad en el esquema de rendición de cuentas, ausencia de una real planeación de la acción pública, de falaz viabilidad de nuestra ganadería frente a la chapuza que nos quiere colocar como exportadores en Rusia, China y Japón, por poner un manojo de ejemplos. Pero eso es cosa de la presencia mediática no de la realidad. Y en medio de todo esto el comportamiento que define el estilo completo. Aquí emperador, estilo cesáreo y, cuando está con Peña Nieto, no duda en asumir el muy modesto y nivelador encargo de chofer.

Es prototípico de los gobiernos unipersonales todo tipo de frivolidad, de manejar la hacienda pública como algo personal y poner al servicio del propio partido todos los recursos para la fastuosidad, lo operístico y la simulación. No se qué castigo reciba Chihuahua, porque aquí estas formas de ejercer el mando público crecen como las verdolagas en huerto de indio.

Jaime GARCÍA CHÁVEZ

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