La certidumbre en torno a las etnias de Chihuahua son inamovibles: la exclusión, la injusticia, la condena para que desaparezcan, el despojo de sus riquezas comunitarias, el desprecio racista por su cultura, son sólo algunas algunas notas que se imponen como verdades prácticamente absolutas. Esto se encuentra en el discurso de prácticamente todos los que abordan el tema, desde los demagogos, hasta aquellos que realmente trabajan al lado del indígena con autenticidad. Pero ahora se ha abierto la necesidad de agenciar una dosis de duda metódica para interrogarnos sobre lo que está pasando. ¿Cuál es la verdad y cuál es la información confiable?
Empecemos por la numeralia general en el tema de los suicidios acaecidos en el vasto territorio chihuahuense. De acuerdo a los medios de información, se trata de un problema creciente: de 2004 a 2010, 1 mil 562 personas decidieron privarse de la vida, lo que nos coloca en un deshonroso primer lugar nacional; nos siguen Nuevo León y Jalisco. Son datos del Sector Salud del gobierno federal, soportados también en informes técnicos del INEGI-IMSS y de un órgano especializado en materia de salud. Estas cifras refrendan que Chihuahua siempre ha estado en los primeros lugares de este mal, y además se reporta, en términos cerrados, que de cada 10 suicidios 9 son de varones, recurriendo primordialmente al ahorcamiento, al uso de armas de fuego, fármacos y desangramiento como los mecanismos más favorecidos al efecto. Es alarmante saber que conforme a estas cifras, cada 36 horas, en promedio, alguien se quita la vida y que casi las dos quintas partes de estos suicidios acontezcan en los municipios serranos del estado con fuerte presencia étnica, sin que me sea factible desagregar el dato.
Un reporte de los funcionarios de la zona occidente de la Fiscalía General del Estado, registra que hasta el mes de noviembre del 2011 acontecieron 50 suicidios de campesinos rarámuris, reseñando que mediaron los problemas familiares, afectivos, pero también subrayando que la pérdida de los cultivos, la sequía y la muerte de sus cabezas de ganado están como motivantes. En la nota periodística que consulté (El Heraldo de Chihuahua de 10 de diciembre de 2011), se dice también que en esa zona se registraron 73 casos, concentrados en los meses de diciembre, abril, mayo y junio y es de suponer que también se alude a rarámuris aunque la fuente no lo explicita, pero lo que sí queda claro es que las lacras del alcoholismo, aun en infantes, las carencias económicas y la ausencia de recursos básicos para comer son factores para que los indígenas se depriman y ya sabemos que una depresión profunda frecuentemente concluye en el suicidio. Hasta aquí los datos de la Fiscalía General del Estado.
El legislador local indígena Samuel Díaz Palma, al iniciar el presente año, prácticamente a una semana del escándalo iniciado en las redes sociales por el líder de los ceramistas rarámuris Ramón Gardea, declaró a los medios en torno a la muerte de 6 personas nativas en Carichí, a la vez que deploró la ausencia de programas para paliar el problema de la desnutrición, criticando al municipio por carecer de políticas al respecto, olvidando deliberadamente al estado. Enfatizó: “Ya se requiere un programa integral con visión de largo plazo para que las comunidades indígenas en extrema pobreza reciban algo más que cobijas y despensas... Si insistimos con el asistencialismo, sólo vamos a provocar que sigan muriendo más indígenas”. Señaló a las comunidades de Napuchi, Wisarorare, Baquiachi y Pasigochi como zonas altamente críticas. El diputado no paró ahí, de hecho hizo una crítica puntual del modelo económico y cultural, asistencialista, que actúa como lenitivo frente a una profunda crisis, sin tomar decisiones estructurales que no las reproduzcan anualmente en la etapa invernal, más en los años de profunda sequía. En el Registro Civil de Carichí se han documentado escalofriantes muertes, asentándose en las actas no sólo la desnutrición sino padecimientos mayores que nos hablan muy claramente del abandono y el olvido a que están sometidos los pobladores étnicos de esta región, en unos casos muriendo por enfermedades curables y en otros registrando enfermedades producto de la ausencia de información en materia de nutrición, que en las más de las veces se aparta de la que generó la propia cultura indígena para dar paso al consumo de refrescos y comida chatarra.
Señalo estos antecedentes para demostrar que el escándalo abierto por Ramón Gardea no es, de ninguna manera, un rayo que haya caído en cielo sereno. Con sobrados años de antelación y con los datos de la coyuntura que aporto, sugiero que la incuria e indolencia gubernamental no tiene la más mínima explicación razonable, y desde luego carece de justificación. Los gobiernos anteriores han mantenido un costoso y corrupto aparato burocrático denominado Coordinadora de la Tarahumara que sólo sirve para alimentar el clientelismo electoral y malbaratar una parte del presupuesto en el otorgamiento de becas a una red de funcionarios que viven más atentos de los movimientos del PRI que de los sufrimientos de las etnias. Si nos vamos más atrás, PROFORTARAH, como organismo descentralizado del gobierno federal se erige en uno de los más sonados fracasos por llevar justicia, innovación y mediación en el precio de la madera de que se tenga memoria.
Es proverbial el fracaso del estado y sus sucesivos gobiernos. Lo que hoy se hace por parte de César Duarte, aparte de reeditar un vergonzoso asistencialismo, es cuidar que este delicado asunto no se le desborde y lesione su estrategia electoral. Al gobernante le interesa tomarse la fotografía entregando satisfactores que van herrados con sus siglas, y por si fuera poco, con los colores del PRI. No hay ningún indicio de que se emprenda algo realmente estructural. César Duarte, que organizó una fastuosa posada para 2 mil personas, con buenos platillos regados con vino, whisky, champaña y buen tequila –seguramente Reserva de la Familia de la Casa Cuervo– y el espectáculo de la veracruzana Yuri, tiene la desvergüenza de comer, frente a una multitud indígena en Arareko, una bolsita con alimento fortificado. Seguramente el costo de su posada es mayor a los alimentos repartidos de manera incompleta en este poblado. Al decir esto no me guía para nada la inquina, lo que quiero decir es la incongruencia que subraya la demagogia. Tengo suficientemente claro que la simulación es el fuerte del gobernante, escoltada por su máscara de campesino. A él le interesa codearse con ministros, asistir a informes de los gobernadores, viajar por el mundo ofertando carne chihuahuense que no hay, quedar bien con Peña Nieto, articular la burocracia como ejército electoral del PRI. Estar en el jet-set y volando constantemente. Para nada se parece a don Lázaro Cárdenas que durante el reparto de las tierras en La Laguna prácticamente cambió la presidencia de la república al sitio mismo donde se hacía justicia. Sus prioridades son otras, bien lo sabemos.
Al igual que muchos creo que ha llegado el momento de decir ya basta. Los indígenas de hecho, para exigir lo que les pertenece, pueden pronunciar este ya basta al estilo chiapaneco de 1994, y no habría quien pudiera negarles sus razones centenarias.
Dos lecciones quisiera subrayar: la primera, que tiene qué ver con el empleo de las redes sociales que en esencia desataron un movimiento de indignación y de convergencia absolutamente solidaria, que nos dice cuán inútiles son los empeños de un gobierno que gasta millones en medios, cuando aflora la verdad. Aquí se podría decir lo que pronunció don Emile Zolá: “La verdad está en marcha y nadie la detendrá”. Puede ser que traer a colación el tema del suicidio haya herido fibras muy sensibles, más por los datos de imaginación –en todo caso es pertinente el beneficio de la duda del suicidio colectivo– pero la esencia prevalece y lo que vemos es la hambruna, la insalubridad, la destrucción del hábitat, la sequía, el alcoholismo, la epidemia de enfermedades curables y que otras están presentes porque se ha destruido la cultura del maíz que se originó en Mesoamérica, y todo eso provocando muerte de vidas humanas. Por una parte, y por otra, la necesidad de descartar un discurso que nos ofende a todos: propalar, así sea indirectamente, que en Chihuahua los rarámuris, pimas, guarijíos, tepehuanes se pueden morir por hambre y desnutrición, disenteria, tuberculosis, diabetes, violencia, alcoholismo, pero nunca por suicidio, porque eso sí se oye en todas partes. En el ambiente flotan palabras de indignación y quizá algunas como las que ha dicho Sting, el extraordinario músico inglés, pareciera que “la historia no nos enseña nada”.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ

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