Julián Leyzaola, probablemente acogiéndose al manto papal de Urbano IV, quien decretó el Día de Todos los Santos, quiso reivindicarse el primero de noviembre como el policía represor, abusón y pedestre. Si todavía quedaba algún recuerdo de la dignidad de su uniforme militar ese día lo perdió. Ni la revista Quién lo salva. Nada más lejos de ser un hombre de resultados como lo definió el rudimentario Héctor Murguía. Ciudad Juárez continúa como un sitial privilegiado en el mundo por lo que todos detestan: violencia, homicidios por ejecución, extorsión, trata de personas, depresión económica, desaliento moral, tráfico de drogas y decadencia. Leyzaola, salvo por sus grados, no ha sido mejor que Saulo Reyes Gamboa, al que alcanzó el brazo de la justicia –de los Estados Unidos, of course–manchando de perenne desconfianza al actual alcalde, que en lugar de haber rendido cuentas a la justicia por sus faltas, se le premió con una reelección de consuelo por no haber alcanzado la nominación de gobernador del estado.
Julián Leyzaola se muestra muy eficaz frente a inermes manifestantes indignados con la situación que prevalece en Ciudad Juárez, en el país y en el mundo. Para los manifestantes, estado de excepción, criminalización y abuso desproporcionado de la fuerza policiaca; para los reales delincuentes de alta peligrosidad, ineficacia y balandronadas. Violentó el derecho a expresarse libremente y obstruyó la labor de periodistas y fotógrafos. Lo hizo portando armas de alto poder y equipo de combate, manejando sus policías aquellas con la liberalidad que un niño de kinder lanza su globo en el parque. Es la vieja historia de los represores: desatan su furia contra los ciudadanos, pero no quieren que nadie se entere. Están acostumbrados a que sus infamias y sus crímenes sucedan en la oscuridad, donde son diestros en torturar, matar y arrancar confesiones y delaciones para continuar en una espiral represiva sin fin. Así lo confirma el nuevo caso de tortura y extorsión, denunciado por la dueña de un hotel juarense, justo en los días en que Leyzaola fue premiado por la citada revista como un hombre que “Mueve a México”. ¡Carajo!
Este Teniente Coronel retirado de las Fuerzas Armadas cuenta en su historia personal con un linaje de militares de alto rango; no le es extraño, entonces, lo que significa esencialmente formar parte del Ejército, preparado para las armas y olvida, o se hace de la vista gorda, que ser jefe de una corporación policiaca municipal es una tarea distinta. Su filosofía es “siempre tiro a la cabeza”, a la que le adosa el antecedente presuntuoso de ser diestro en el manejo de las armas. Se ha esmerado, desde su estancia en Tijuana, en enviar el mensaje de que con él“poco y bueno”, con él “todo mundo sabe a qué atenerse”, es puntual cuando emprende su propia biografía, con obvias dosis de narcisismo. Pero el suyo es un lenguaje ineficaz: los altos capos de la droga no se asustan con la saliva. En cambio, los indignados podrán perder una batalla callejera, sufrir detenciones, cárcel, padecer el abuso policial pero –ojo teniente coronel– tampoco se van a arrinconar en ninguna parte, sosegar por miedo o claudicación, no arriarán sus banderas. De muchos años acá conozco a Ricardo Pérez –adulto mayor que padece los efectos de una embolia– que fue lanzado al suelo por lo represores; también a Pedro Mireles que lo defendió, y a Mercedes Sáenz que padecieron la brutalidad. Para que entienda el teniente, la pasta humana de todos ellos no se raja.
De ninguna manera quiero decir, con relación a estos últimos, que se crezcan al castigo porque la represión hace mella; lo que afirmo es, sencillamente, que en esto hay un torrente humano que se está renovando constantemente porque tiene la razón y el derecho para expresarse, porque está segura que tarde que temprano ganará la partida y porque, a contracorriente de lo que piensan los filósofos del Ejército metidos a policías (nada más nosotros tenemos güevos, dicen); la realidad es que entre los opositores a la guerra injusta también hay muchos que los portan con dignidad y no nada más los presumen, y además se acompañan con algo casi inexistente en las Fuerzas Armadas: los ovarios de las mujeres, que dicho sea de paso, son las que primordialmente han dado la cara contra la represión en Chihuahua a lo largo de los últimos veinte años. Uso estos términos y doy por sentado que mis lectores saben que no me caracterizan, y hoy los empleo para que entienda el coronel los porqués de los manifestantes.
¿Cuál es el caldo de cultivo en el que aparecen los Leyzaola? Esta pregunta tiene sobrada pertinencia: si la represión y la militarización son las piezas del discurso y la práctica política del Estado, lógico es que aparezcan en primera escena estos personajes y no policías civiles mucho más permeables a la plena vigencia de los derechos humanos. Cuando el Ejército está en la calle, cuando la Armada da sus principales batallas tierra adentro y nuestros mares y océanos les importan poco, los gobernantes tienden a hacer de la fuerza y la sinrazón su principal instrumento para imponerse. Convencer, actuar con moderación y prudencia son divisas que no figuran en sus manuales, mucho menos en sus principios.
Cuando se habla de cadena perpetua, de incremento de penas, de reversa al derecho penal mínimo transparente y garantista, de más y más tipos legales para criminalizar y penalizar, lógico es que cualquier jefe policiaco se sienta con las facultades suficientes para atropellar a manifestantes que lo único que hacen es repudiar la violencia y la guerra y demostrar con cruces nominativas las bochornosas cifras de miles y miles de muertos en una guerra en la que los malos la llevan de ganar de todas... todas. Hoy se presume ciento setenta y tantos secuestradores en la cárcel, como una muestra de que se está combatiendo la impunidad; en realidad se trata de un número alarmante que visto críticamente se le revierte a los mismos gobernantes. Esa es la tierra nutricia de los Leyzaola, o Rivera Bretón, el jefe de la llamada Policía Única que sólo sirve para dos cosas: estar escondido no se sabe dónde, y cobrar –frontándose las manos– su cheque quincenal. Algunos llaman a esto“el poder para poder y no para no poder”. Leyzaola es más modesto: a él le basta levantar a inermes manifestantes, detener periodistas, hacerlo con policías portando armas de alto poder, torturar en la secrecía de un hotel y pretender justificar su acción con sofismas que moverían a risa si no fuera porque tras de su represión hay mucho dolor y coraje por el estado deplorable que guardan nuestras libertades públicas.
La voz de nuestros tiempos se expresa a través de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que obliga a una reparación por el feminicidio, por la reciente evaluación de Human Rights Watch que condena la militarización como instrumento para combatir al narcotráfico, y la violación sistemática a los derechos humanos, de muchas otras palabras que brotan de todas partes llamando la atención sobre los desatinos y fracasos de los hombres del poder. Este manojo de voces conscientes y realistas de nuestra circunstancia, hablan claramente de dónde está el Derecho presente y dónde el vacío de todo Derecho. Por inercia se tiende a pensar que el Derecho y la legalidad están ubicados en el corazón del Estado, en algunas partes del planeta así ha sido y con excepciones muy conocidas. Pero hay ocasiones en que ambos–Estado de Derecho y legalidad– están en la calle, en el corazón palpitante de los manifestantes que se aventuran a exigir una rectificación. A poner fin no a la fuerza de la política, sino a la política de la fuerza. Eso no lo toleran los Calderón, los Duarte, los Murguía, y tampoco los doberman que encabezan los cuerpos policiacos. Perros de Pavlov que salivan de inmediato cuando ven disidentes, opositores o simplemente a los diferentes, muchas veces los pobres y “malvestidos”.
No está de más, lo pongo al final, pero pertinentemente pensado está al principio, que llamemos la atención sobre la inminencia de la represión selectiva. Los cuerpos represores suelen adelgazar al máximo sus objetivos para golpearlos, “tiran a la cabeza”.Coliman sus rayos para lanzarlos al blanco: Líderes con alta visibilidad pública por su talento, valentía e irreductibilidad, ellos corren peligro. Pienso en un Gerónimo Fong –hay muchos más–de cuyas vidas hay que estar pendientes. Antes se les llamaba proscritos. Leyzaola, no lo perdamos de vista, es de los de antes. Héctor Murguía viene de más atrás, parece pero sobre todo, es troglodita. Cuidado.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ

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