Para la izquierda partidaria, el encuentro entre Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador es fundamental; ojalá y su aliento trascienda al desenlace electoral en cualquiera de las vertientes por la que se deslice. No pienso esto de cara a los desencuentros inocultables del pasado, lo percibo hacia el futuro porque tengo claro que si no se alcanzara el triunfo presidencial, una visión renovada de la izquierda se impondría más que nunca; en igual proporción entiendo que un éxito tendría que ir acompañado de esa misma izquierda con mayores responsabilidades, pero independiente, autónoma, porque su proyecto no se agota en un esquema democrático en el elemental hospedaje en el poder. En otras palabras, la perspectiva es para el evento de “porque no” y para el evento de “porque sí”. Aquí habrá quien me reprenda por esta escéptica actitud, aduciendo que son los tiempos de la campaña y emparentando esto con un obligado silencio. Acepto más la verdad.
En el encuentro de los líderes, la nota esencial la dio el discurso del ingeniero Cárdenas. Más allá de lo valioso que es el mensaje unitario, es importante el recuerdo que se hace de los orígenes del proyecto democrático, del 6 de julio y del 21 de octubre de 1988. La primera fecha porque simboliza la insurgencia ciudadana contra el autoritarismo, la segunda porque contiene el acta de nacimiento del PRD, una institución que se ha ido desbaratando entre las manos de muchos ambiciosos líderes que no ven más allá de sus narices. Recordar puntualmente el proyecto de reconstrucción de las instituciones y de la herencia de la revolución, más allá de las discrepancias que esto concita, es esencial porque está enmarcado en el reconocimiento explícito de que nuestro país está en proceso de destrucción, de ensamblaje a la globalidad imperial y del abandono de una renovada visión de la soberanía que debe imponerse a partir de la voluntad de los ciudadanos libres.
Cárdenas está ausente en su discurso de un nacionalismo chato y peregrino, se hace cargo de los complejos procesos mundiales, de nuestra dificultosa relación con los Estados Unidos, y de cómo, frente a una oligarquía, se impone la reconstrucción del proyecto nacional con los ideales históricos que dan cuerpo a la izquierda en los nombres de Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Lázaro Cárdenas y las diversas expresiones de una izquierda socialista que a lo largo de los años ha dado muestras de voluntad política para resistir, pero que no ha alcanzado su consolidación. En este marco, el ingeniero Cárdenas juega un excelente rol: el de líder que acumuló experiencias y autoridad para hablar con una voz que ya no puede ser tildada de ambiciones personalistas. Ciertamente son más confiables los líderes que dicen lo que quieren frente a aquellos que dicen no querer nada, pero en este caso la valía de estar por encima de las pretensiones que se cifran en la personalidad, tiene un estupendo valor. Tengo para mí que Cárdenas ha cuidado y emplea bien su liderazgo, sin que esto signifique estar de acuerdo en todo con él y mucho menos de manera incondicional.
Recordar algo que ya no forma parte del discurso perredista, como los 600 compañeros que perdieron su vida desde 1988 a nuestros días, obliga a la autenticidad, no porque sea un imperativo categórico, un deber, sino el reconocimiento más puntual de que nuestra resistencia está sellada también con sangre, como ninguna otra en el largo proceso transicional y malograda consolidación democráticas. Al menos para mí no se puede hacer carrera oportunista sobre los cadáveres de los luchadores democráticos, desde Francisco Javier Ovando y Román Gil hasta el último que haya caído. De alguna manera ya basta que sean muy pocos los que se acuerdan de esto y muchos los que se desgreñan hasta por una regiduría de un pequeño pueblo en perdida montaña.
Sin duda dos proyectos están en disputa: el impulsado con coincidencias medulares por el PRI y el PAN, que buscan la subordinación de los mexicanos a los intereses de unos cuantos que ha encarnado la desigualdad y la exclusión social como nunca, y otro proyecto que le hace frente, que reivindica la independencia del país, abrir las compuertas a la igualdad y al progreso y quiere, como andamiaje para las grandes decisiones, obtener un mandato democrático. Esto que parece ser coincidencia de todos los actores políticos de esta izquierda, no se percibe igual a la hora de su procesamiento social. En esto el ingeniero Cárdenas fue puntual: nos habla de que ha llegado el momento para los demócratas avanzados, de dar prioridad a la presentación y discusión entre los ciudadanos a la propuesta que se encierra en cuatro palabras: un México para todos. Es la piedra de toque que distingue al líder democrático del providencialista, al líder que ve el cambio de México como una gran empresa colectiva y aquellos que la sustentan en la visión de un caudillo. Es la conclusión consecuente con la adhesión a la ideología democrática, igualitaria, libertaria, republicana, participativa y que Cárdenas subraya como una práctica con apego a una línea revolucionaria nunca divorciada de la ética y la solidaridad. Y no se trata sólo de propalar este mensaje, se trata del compromiso de promoverlo y sobre todo observarlo ya, aquí y ahora.
Esto significa que si queremos cambiar a México por este rumbo, lo primero que tenemos que hacer es transformarnos los agentes de este cambio.
Esto significa que si queremos cambiar a México por este rumbo, lo primero que tenemos que hacer es transformarnos los agentes de este cambio.
Cárdenas reseñó –no lo menciono todo– la necesidad del reconocimiento y el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, la impostergabilidad de una reforma fiscal integral que garantice el crecimiento y la justicia social, la reorientación de la banca, impulsando la de segundo piso y la comercial; las políticas públicas redistributivas, el respeto al Estado laico, la no discriminación, sobre todo en materia sexual y reproductiva; obligar la constitucionalidad en el despliegue de las fuerzas armadas y la responsabilidad de las policías en el ámbito que les corresponde. Los mexicanos en el extranjero tienen un real lugar en su discurso, al igual que la lucha a fondo contra la corrupción, la reestructuración de Petróleos Mexicanos, el campo, la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación.
En este marco el ingeniero Cárdenas se opone al Destino Manifiesto del imperio norteamericano que hace de la sumisión de México la base de su desaparición en territorio, riqueza, cultura e idioma; pero no busca la autarquía, pretende la reforma migratoria de fondo, a la vez que la celebración de un tratado continental de desarrollo en un momento en el que vemos los claroscuros de la Unión Europea, pero no podemos olvidar sus ventajas a la hora de su importante reconstrucción, que sobre otras bases hay que dar en México.
Un acento –y se convertirá en clave para el futuro de la izquierda– es la propuesta para dejar atrás el obsoleto sistema presidencial, para matizarlo o para tornarlo parlamentario o de gabinete, punto en el que el candidato de las izquierdas no ha sido ni claro ni mucho menos explícito.
Lejos está el ingeniero Cárdenas de caer en un realismo político hecho de bagatelas. Consciente y claro de nuestro aciago momento, precisa que estas ideas y estos propósitos están más allá de cuestiones partidarias y propone la búsqueda de acuerdos con otras fuerzas políticas y sociales. Y más aún: en la visión de Cárdenas, que busca el triunfo de López Obrador, no está fuera algo que a México le falta, y mucho, él lo dijo: “Precisando los objetivos comunes, desde el lado progresista debe mostrarse que más importante que quien resuelve los problemas, es resolverlos, y mostrar también que habiendo objetivos comunes y caminando de consuno, desde este lado se respetan la pluralidad y las diferencias”. Está claro: el cambio de México está muy por encima de las discordias inútiles y hacer política, como dijo José Emilio Pacheco hace seis años, es “civilizar la discordia”.

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