martes, 28 de febrero de 2012

Contra política y balas, flautas de cristal



Me sorprendió gratamente la convocatoria de Fernando Rivero Castañeda. Malograda su corta y fructífera vida en la masacre del Far West, congregó a través de sus colegas músicos a cientos de chihuahuenses que lo aplaudieron el pasado 17 de febrero en el Teatro de los Héroes que rebosaba completo. No cabe duda que la profunda convocatoria de la cultura contrasta y se impone de cara a la política que la gente común no atiende porque le significa muy poco, cuando no desprecio. Si al excelente clarinetista le hubieran realizado un homenaje oficial, seguramente las salas del teatro habrían lucido igual en número pero no en calidad. El evento que reseño fue espontáneo, fue una entrega de los músicos de valía que tenemos, mostró sentimientos muy profundos contra la violencia que se enseñorea en el país y en el estado y vi rostros gozosos por la música que se ejecutó, la del gran Mozart, pero también caras expresando un coraje hasta ahora silencioso y contenido pero que sin duda revela la inconformidad con las formas que ha cobrado la barbarie en medio de una guerra sin destino.

Se palpaba que el dilema que tan fuerte jugó después de la Segunda Guerra Mundial entre civilización o barbarie, entre cultura que eleva las bases espirituales de reconstrucción de la humanidad y la autodestrucción, está presente entre nosotros. Es un motivo de alegría que le inyecta ánimo al músculo cívico que, ausente, prácticamente está abatido en el conformismo y la indolencia. El evento fue de autogestión: el director de la Orquesta Filarmónica del Estado, maestro Armando Pesqueira y sus integrantes, las voces del coro del Conservatorio de Música de Chihuahua, la Camerata Novohispana, el coro Canticum Novum, los músicos de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Chihuahua, con sus respectivos directores, el tenor Gustavo Flores, la soprano Pamela Martínez, el barítono Luis Fernando Galindo y la mezzosoprano Diana Valencia, todos ellos vibraron armoniosamente para hacer el homenaje del clarinetista caído contra toda razón y que indignó a la sociedad silenciosa.

Hubo el impulso institucional, bajo las litúrgicas frases de: “el gobierno del estado”, “a través de”, “por conducto del”..., demostrando que, empeñados en repartirse competencias y méritos, olvidan una sobriedad que en sí misma respaldaría mejor los sentimientos de una colectividad harta de la violencia demencial. Por eso reivindico que todos los músicos vibraron con el corazón entre sus manos, poniendo sus virtudes como el mejor argumento de que los hombres y mujeres de bien son más que los que han ofendido a la sociedad, a su cultura, a sus sentimientos de humanidad y a la grandeza que quisiéramos ver instalada en todas partes pero que no llega. El auditorio, compuesto por hombres y mujeres, familiares, amigos, niños que permanecieron atentos y en silencio, complementaron la profesional –y si cabe la palabra honrada– ejecución del Réquiem de Mozart, el genial músico que vivió las postrimerías del absolutismo y el surgimiento del mundo moderno con la Revolución Francesa. Su música es música de la alegría y la esperanza en la redención de la humanidad, cantos verdaderamente fundacionales. Entre notas hay que recordar que Mozart le dio protagonismo dentro de la orquesta al clarinete y quizá escoger su Réquiem fue, además, una distinción adicional en honor al músico.

El maestro Fernando Rivero fue oriundo del Estado de México y adoptado por Chihuahua. Su talento musical se reveló desde su temprana edad y en el seno familiar inició sus estudios. Hizo de la música su proyecto de vida y a ella se entregó como el oficio cotidiano, sin el cual el talento no se fortalece. Varias instituciones de formación musical y maestros de excelencia, mexicanos y de otras partes del mundo, contribuyeron a su consolidación como maestro en el arte de la música, clásica esencialmente y diversificada hacia expresiones como el jazz, lo que habla de su contemporaneidad, y otras propias del grupo popular agredido en el funesto ataque. En el programa de mano el maestro Armando Pesqueira hizo breve semblanza de Rivero Castañeda, reseñó su llegada a la filarmónica hace nueve años y cómo mostró de inmediato ser un músico de primer nivel, maestro comprometido y siempre amigo leal. Su paso por la orquesta dejó huella entrañable de cariño, afecto y admiración y subrayó cómo todos los músicos y artistas, de manera generosa y gentil, brindaron el póstumo homenaje a través del concierto mozartiano y dijo algo inolvidable sobre Fernando: “Mientras tengamos música, él siempre vivirá entre nosotros”. Fernando Rivero destinó miles de horas para convertirse en un clarinetista completo y era, al momento del ataque, una promesa palpitante, que vivía para alzarse a cimas muy altas.

El Réquiem de Mozart se escuchó luego de un estrujante minuto de silencio desde el Introitus hasta la Communio; no hubo aplausos del auditorio al terminar la ejecución de la obra. De nuevo se hizo el silencio y un público de pie ovacionó conmovido, recordando en cada palmada al artista muerto y a la magistral interpretación de la postrimera obra creada por el músico austriaco, que en su época fue terminada por Süssmayer. A saber, el Réquiem tiene la estructura de una misa, prácticamente con todas sus partes, y expresa la larga tradición que tiene en el tema de la solidaridad ante el problema de la muerte la visión dos veces milenaria del cristianismo. Seguramente no para la mayoría pero para mí fue la expresión de una misa laica en la que en el momento de la consagración aparece el pan de vida y se produce el fenómeno de la transustanciación como la recepción de un alimento con el que el pueblo reclama una nueva convención, fincada en la necesaria comunión que une propósitos para llegar a la justicia y a la paz.

El director de la orquesta explicó que la obra de Mozart abría con el sentido deseo de que Fernando Rivero alcanzara la paz en la que se había fortalecido como maestro de la música. Verlo dirigir, percibir su enorme capacidad artística y musical, en momentos empuñando la batuta y a ratos sustituirla por sus vibrantes manos, me hizo pensar en que un desempeño como el suyo, que une talento, profunda formación, generosidad y gran voluntad, expresa las características indispensables en los líderes que este país requiere para salir de la encrucijada en la que se encuentra. En este marco, recordar a Fernando Rivero es rememorar, por sólo poner ejemplos, el crimen del feminicidio, Creel, Salvárcar, Casino Royale, Far West y muchos otros sitios con los que podríamos emborronar cuartillas y cuartillas. El homenaje es un momento señero en la vida de Chihuahua. Los que asistieron representan a la sociedad completa, cargados de admiración por el homenajeado y de indignación por saber de una vida truncada por la que no hay explicación que valga ni posible.

Un virtuoso como Fernando Rivero Castañeda amaba la vida y su diversidad cultural en el arte que cultivó asiduo. Es muy difícil imaginar la muerte de los otros y aún la propia. Pero recordando una vez más a Rainer Maria Rilke, seguramente él pudo haber dicho a sus agresores, si no hubieran tenido la cobardía de actuar como verdaderos dementes: “No; déjame morir de mi propia muerte”. No cabe duda del abismo que hay entre ser un virtuoso de la música y accionar, con brutal ferocidad, un AK-47.

Me quedo con una lección, que duele pero también alienta. En el evento las primeras dos filas del teatro permanecieron vacías, estuvieron reservadas para las autoridades que jamás llegaron. La política ya no convoca, la cultura sí; sus raíces profundas son la malla y el cemento que nos aglutina aunque no nos percatemos del todo. Es hora de agarrarnos de ahí para empezar a desmantelar las causas del profundo desasosiego en que vivimos y en el que no alcanzamos a ver que sí hay fuerzas capaces de lograr un cambio real. La vieja frase del fundador del conservadurismo es cierta: lo único que los malos necesitan para imponerse es que los buenos no hagan nada. Falta la decisión de hacerlo.

Al salir el tumulto del teatro, con caras endurecidas, con personas con lágrimas en los ojos, escuché una pregunta: ¿Dónde estará Fernando? Y recordé estos versos:


“¿Oís en lo más profundo del valle,
Ese murmullo que serpentea?
¿Es una flauta de cristal?
No, es la voz del agua que está cantando”.


Le canta a Fernando Rivero. Adiós, maestro.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ


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