Es la Navidad de 2075. El abuelo Arturo conversa con su nieto Federico de sus años mozos de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Como al joven se le había convertido en motivo de atención este centro de estudios, por estar él en otro de mejor reputación académica, quería tener argumentos comparativos para disipar sus dudas. El viejo, cansado y renuente, no gustaba de la plática y deseaba acomodarse plácidamente a la fiesta del nacimiento del niño Jesús. No se lo permitió.
––¿Egresaste en 2012? –preguntó Federico.
––Así es, y con honores –contestó Arturo–. Además, por eso te llamas Federico, en recuerdo de un gran maestro italiano que dictó su cátedra, lamentablemente no me tocó escucharlo, pero era proverbial su sabiduría.
––¿Recuerdas los nombres de algunos de tus maestros?
––No, ni me interesa. Muchos han muerto –dijo, cortando la plática.
––¿Quién era el rector?
––No sé, pero lloraba mucho.
––¿Qué, había una gran crisis?
––No, no. Lo que pasó es que jamás pensó que lo nombraran rector y cuando le dieron el título se le aflojaron los lagrimales. Después manejó mejor los protocolos, más cuando visitaba el gobernador la universidad para recibir algún reconocimiento a sus méritos.
––¿Acaso un hombre de méritos en ciencias o letras?
––¿A dónde quieres llegar con esta conversación?
––Como entenderás, abuelo, me encontré entre tus viejos papeles que tu generación se llamó “César y Horacio”, y por los nombres quiero pensar que se refieren a algún clásico latino, quizá el poeta, quizás el célebre autor de la Guerra de las Galias.
––¡No quiero contestar! –dijo disgustado, a la vez que pedía un ponche.
––Pues de aquí no te mueves hasta en tanto me aclares de qué se trató.
––Como todo esto me parece una impertinencia, y más a esta hora, no es ni político ni escritor latino. En aquel 2012 se trató del gobernador César Horacio Duarte Jáquez, y de él tomamos el nombre de nuestra generación. Punto. ¡Y ya párale!
––Oye abuelo, ¿no hubo ningún estudiante que pensara en Tales de Mileto, Heráclito, Parménides, Platón o Aristóteles para bautizar tu generación?
––Sí lo hubo pero nadie lo propuso.
––¿También los alumnos católicos, que supongo hubo, tú entre ellos, se olvidaron de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, el famoso doctor angélico?
––No pocos, pero nadie los propuso.
––¿Y también ignoraron a Descartes, Kant y Hegel?
––Claro, aquí la razón es que nunca los estudiamos.
––Pero, ya más cercano a tus tiempos el simpatizante del nazismo, Martin Heideger, tenía gran renombre, o Bertrand Russell; vamos, hasta Wittgenstein hubiera sido propicio, así fuera para apantallar.
––Ya déjate de pamplinas.
––¿Y por qué no pensaron en José Vasconcelos, Leopoldo Zea, José Medina Echeverría, Adolfo Sánchez Vázquez? O te la pongo más fácil: en mi tocayo Federico Ferro Gay, maestro emérito, cuyo ejemplo tomaste para bautizarme.
––Acabemos de una vez, porque a este paso me vas a echar a perder la nochebuena.
––Acepto. Dame una sola razón, o una explicación.
––Bien. Tomamos el nombre de César Horacio Duarte Jáquez, por las más pedestres razones que escuchamos en las clases de pragmatismo decantado en las palomas de Skinner: era el gobernador, necesitaba darse un baño de universitario en tiempos electorales, lo que importó poco. La votación unánime la decidió el ofrecimiento de un buen banquete y todas las chelas que nos pudiéramos tomar. ¿Te queda claro?
En ese momento subió el volumen de la música, ensordeciéndolo todo. Reinaba en el ambiente la inconfundible tonadilla de Noche de paz. Federico, más perplejo que de costumbre y que Maimónedis, que se dedicó a esto, se fue a su habitación triste e insatisfecho. Recordó a su maestro de Filología que le explicó un día que al sofista Protágoras lo habían traducido mal. A él equivocadamente se le atribuía la autoría de la frase “El hombre es la medida de todas las cosas”. Era cierto: el hambre es la medida de todas las cosas, como ya antes lo había propalado en las calles de Chihuahua el filósofo y exrector José Fuentes Mares, también olvidado a la hora del bautizo generacional.
¿A quién creerle? (o a ninguno)
Si un psicoanalista se apoyara en Woody Allen diría que el diputado Alejandro Domínguez tiene “la estabilidad emocional de Calígula”. No es broma, para él la matanza en el Far West “no significa que la violencia está en su apogeo o que esté descontrolada”. Si esta afirmación se convirtiera en el primer mandamiento sobre seguridad en Chihuahua, habría que decir que podemos transitar plácidamente y a cualquier hora en el más santo de los lugares o en el más pútrido antro, claro que siempre y cuando se goce del sosiego que caracterizó al emperador que hizo de su caballo el jefe de un imperio. Pero, afortunadamente, lo rebate su correligionario Marco Adán Quezada, quien sostiene que “efectivamente se tiene un incremento en los niveles delictivos (...) pero lo que tiene una tendencia a la alza brutal, bestial y sin sentido es la lucha que tiene el crimen organizado entre distintos bandos”. Le faltó decir que la Quinta Banda, su agente policiaco en día franco y los parroquianos muertos en el Far West están en medio y sin protección que les brinde seguridad. Dos visiones y dos talantes. La del que todo lo ve con calma desde su curul, y la de quien está obligado a garantizar la seguridad en la calle, en el centro de esparcimiento, en el parque y atalaya más. Sólo que ambos pertenecen al mismo partido y desde luego pueden discrepar, pero sin tanto muerto de por medio. ¿A quién creerle? O de plano, ¿no podemos creerle a ninguno de los dos?
El PRI distribuye en familia las diputaciones. Y Abraham Montes quiere fuero
En Chihuahua se construyen más familias dinásticas. El batallón de San Patricio ya tiene nuevos blasones y mientras la casa real Baeza descansa se están edificando la de Duarte y la de Murguía. Nacho Duarte –el primo sexenal– está enfilado rumbo a San Lázaro, al igual que Luis Murguía Lardizabal, hermano del alcalde de Juárez. Cosas del nepotismo, falta de imaginación y manejo de la política como expresión de la soberanía sobre el cortijo chihuahuense. Las rebanadas del pastel priísta ya alcanzan para muy pocos fuera de las familias consanguíneas y no se diga de las políticas. Es un afán concentrador del poder que si lo dejamos crecer más nos va a llevar a la escandalosa situación que hoy vive Coahuila, donde Humberto Moreira le heredó el cargo a su hermanito. Todos, los nueve precandidatos (un terminajo de payaso, pues en realidad se les puede quitar el “pre”), hicieron profesión de fe duartista y ensalzaron al virrey. Alentarán el clientelismo del que vienen, pondrán en práctica la ausencia de rendición de cuentas –recuerden a Minerva Castillo– y, hasta el “rebelde” con permiso hizo gala de ramplona retórica que empezó con la frase “necesito el fuero para” luchar por los campesinos, los indígenas, bla, bla, bla... ¿Creerá el candidato Abraham Montes, de la familia cenecista, que alguien lo quiere encarcelar en el futuro por sus luchas libertarias? Terminado el registro, y para la mayor sensibilidad de la campaña, algunos de los ungidos degustaron buenos vinos, cortes , platillos de gourmet, coñacs y whiskies en la mansión del porfirista Luis Terrazas, asiento de el popof restaurante La Casona.
Y se “reveló”
Qué bien que la amiga Lilia Aguilar “revele” sus sueños hardvarianos.
Reencarnación local de Coco Chanel: una carta a César Fernando Ramírez Franco, director del Registro Civil del estado de Chihuahua
Con lágrimas en los ojos no puedo menos que felicitarlo por la dignificación que ha emprendido de la institución del matrimonio en el estado de Chihuahua. Bien se ve que usted estudió en alguna academia de alto nivel lo que significan los valores de las buenas familias y las buenas conciencias. Su exposición de vestidos de novia es soberbia, compite con la presentación de las reliquias del santo local y las del papa polaco que recientemente visitaron la ciudad. Ver el vestuario, los encajes, el tul, las sedas, los razos y el satín nos hacen suspirar al grado de cobrar certidumbre por el renacimiento de un romanticismo que creíamos desbancado por la incuria de los malos gobiernos. A falta del santo grial, ver los vestidos de las novias chihuahuenses de gran linaje nos prepara para desafiar el futuro. Y de regocijo nos llena que en la colección casi centenaria esté presente el de doña Berthita Gómez de Duarte. Ahora sí ya sabemos que tradición y sangre hacen patria. Permítame sin embargo una sugerencia que le daría redondez esférica al acierto de la exposición que también cuenta con objetos, adornos y flores propios de la ceremonia nupcial que, en las rancias costumbres, precede al abrazo de los cuerpos. Es sencilla y es esta: sin retirar la fotografía del gobernador, adosar un maniquí encargado a la mejor factura de cera, museográficamente exhiba también el elegante frac del gentleman don César Duarte Jáquez. Le aseguro que su éxito será rotundo y a no dudar su carrera burocrática. Además su idea podría comprársela, a usted o al estado, alguna de las empresas de la haute couture francesa o neoyorkina, como Yves Saint Laurent o Chanel. Así, esta industria competiría con la aeronáutica y dejaría dividendos para combatir la hambruna. Por lo pronto, ponga a la venta fotografías en blanco y negro –prêt-à-porter– ya que entre la élite se añora el pasado y los modelos seleccionados son verdaderamente encantadores. Alfredo Palacios es nada frente a usted, que de paso contribuyó a liquidar la vieja leyenda de Pascualita, la casa de vestidos de novia de Aldama y Ocampo.
La prole.
Jaime GARCÍA CHAVEZ

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