Entre los valores y principios hay un concepto vivo, una categoría actuante, a pesar de las dificultades y las traiciones que implica: la lealtad.
La lealtad significa fidelidad, franqueza, nobleza, honradez, sinceridad y rectitud. Sólo se es leal si se es fiel. Es imposible pensar en lealtad sin que vaya unida a la fidelidad. Hay algo más extraordinario en ese principio: no basta ser fiel para ser leal a un familiar, un amigo, un correligionario, un camarada o un gobernante.
La lealtad es un principio mucho más exigente que otros: sólo es leal quien, además de ser fiel, es franco y sincero. Esto es importantísimo en la política.
Servir con lealtad, sobre todo en el servicio público, significa servir con franqueza, sinceridad y honradez. Es servir con la verdad por delante. No se es leal si se engaña, si no se dice la verdad o se dicen sólo medias verdades o se dice lo que al líder o gobernante le agrada, lo que desea oír; si se le esconden situaciones y hechos independientemente de las motivaciones que se tengan, eso no es lealtad.
Quien al familiar, al amigo, al jefe, al líder, al gobernante, no le informa los hechos reales, la verdad de las situaciones existentes y presenta la realidad como exitosa cuando no lo es, incurre en una deslealtad mayor, muy peligrosa para el familiar, el amigo, el jefe, el líder o el gobernante y para el proceso o empresa que conduzcan.
La lealtad, como principio, no puede ser confundida con sumisión ni adoración del líder; tampoco con la adulación. Se puede amar profundamente al líder, se puede ser amigo del gobernador, pero ello no significa en ninguna forma ocultarle situaciones incómodas y desagradables.
El político leal, por encima de todo, es franco y llano en sus apreciaciones y dice lo que piensa sin importarle si es incomprendido o es tomado por irrespetuoso.
El político leal no cede al chantaje de parecer un “enemigo” de la revolución, del gobierno o del gobernante.
El político leal sabe muy bien que lo más dañino para un proceso de cambios es ocultar y negar las desviaciones, distorsiones y perversiones, que usualmente se producen a su interior y que sólo el líder es capaz de enfrentar y corregir, si cuenta con colaboradores leales y sí el mismo es leal.
El político leal sabe que callar, voltear la cara, dar la espalda, cerrar los ojos, mientras otros, así sean el líder de partido o el gobernante, deforman y desfiguran perversamente las acciones revolucionarias, aquéllas que son la esencia de lo nuevo y de lo trascendente, se convierten en conductas criminales que pueden hacer fracasar el proceso de cambio y de transformaciones.
Aquella revolución, aquel cambio, aquel gobierno que considere contrarrevolucionaria toda crítica que se le haga, está dejando de ser revolución, cambio o gobierno…
La lealtad, por definición, es firmeza en los afectos y en las ideas que lleva a no engañar ni traicionar a los demás: la lealtad de una conducta; la lealtad es una gran virtud. La lealtad es el comportamiento de una persona o animal que guarda la máxima fidelidad, que no engaña, según el Diccionario Manual de la Lengua Española Vox, 2007, Larousse Editorial.
«La fidelidad no explica por sí sola más que la exactitud con que se cumple la obligación contraída, con que se observa la ley de vida al soberano; la lealtad añade a esta idea la del afecto personal con que se cumple aquella obligación. Por eso no se dice: juramento de lealtad, sino juramento de fidelidad». dice José López de la Huerta en el Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos de la Lengua Española Vox, 2007, Larousse Editorial.
La lealtad es una virtud que se desarrolla en la conciencia y que implica cumplir con un compromiso aun frente a circunstancias cambiantes o adversas.
Lo contrario de la lealtad es la traición, que supone la violación de un compromiso expreso o tácito. Por ejemplo: un hombre debe ser fiel a su esposa. No mentirle forma parte de la lealtad. Si, en cambio, engaña a su mujer, está cometiendo una traición.
La lealtad a un Estado o país suele jurarse con actos que involucran a la Bandera Nacional. A través de este tipo de juramentos, las personas se comprometen a defender el honor de su patria.
Se habla de lealtad, además, para hacer referencia a la gratitud, compañerismo y amor que algunos animales son capaces de mostrar al ser humano. El perro y el caballo suelen ser mencionados como animales leales, capaces de arriesgar sus propias vidas para salvar a su dueño.
Si así es en los animales, cuán importante es, pues, la lealtad entre los hombres, la lealtad en la política.
Ahora es bueno recordar algunas frases al respecto:
“Sólo el que manda con amor es servido con lealtad”, como dijera Francisco de Quevedo.
“Ser leal a sí mismo es el único modo de llegar a ser leal a los demás”, sostiene Vicente Aleixandre.
Napoleón Hill supo destacar este principio de vida: “La deslealtad lo marca a uno como siendo menos que el polvo de la tierra, y trae además el desprecio que se merece. La falta de lealtad es una de las mayores causas del fracaso de cada camino de la vida”.
Según John William Cooke “(...) hay dos clases de lealtad, la de los que son leales de corazón al Movimiento y los que son leales cuando no les conviene ser desleales. Con ambos hay que contar: usando a los primeros sin reservas y utilizando a los segundos, a condición de colocarlos en una situación en la que no les convenga defeccionar.
Al final, no hay hombres buenos ni malos, más bien todo depende de las circunstancias, aunque para conducir es siempre mejor pensar que muchos son malos y mentirosos”.
Por su parte, Juan Domingo Perón expresó: “Cuando uno conduce con verdadera pasión, lealtad y sinceridad, es mucho más difícil el puesto del que dirige que el puesto del que ejecuta, y es para eso que debemos formar y preparar nuestros hombres”.
La lealtad es un principio verdaderamente exigente, por eso hay tantos que la odian. Por eso es tan escasa la lealtad en nuestro tiempo. Pero la lealtad es tan gratificante, al final de todo, que vale la pena intentarla, vivirla, arriesgarse por ella, adoptarla como principio, como valor esencial, porque la lealtad es el afecto personal con que se cumple el imperativo categórico, moral, ético y legal de cada persona. ¡Hasta siempre!
Francisco Rodríguez Pérez
Francisco Rodríguez Pérez

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