miércoles, 23 de mayo de 2012

PAÍS RUMBO AL COLAPSO



A lo ceniciento de las campañas presidenciales, se adosa la grisura del desempeño de los aspirantes al Congreso general, lo mismo pretendientes a diputados que senadores. 

Para algunos analistas la explicación es más que simple: los candidatos a legisladores se cuelgan del aspirante presidencial y corren, como accesorios, la suerte de lo principal. Doy por válida, parcialmente, esta interpretación en la que se mezclan la incuria y la indolencia y también la ausencia de talento para ir al encuentro de los ciudadanos. La realidad es que a muy pocos les despierta alguna pasión o una preferencia fundada que este o aquel presunto parlamentario ande a la búsqueda de votos y exponiendo los motivos para lograrlos.

Hay toda una suerte de actitudes documentadas y va desde aquellos que esperan pacientemente un resultado favorable, se comprometen a nada y transitan por las cámaras como verdaderas sombras que la única huella que dejan es en la contabilidad por el cobro de sus dietas y en la pizarra que no registra su asistencia ni sus votos. De estos adefesios tenemos dos verdaderamente notables: Alejandro Cano Ricaud y Maurilio Ochoa. ¿Para qué sirvieron? Quién lo sabe. Y por esa senda se disponen a transitar candidatas del corte de Minerva Castillo o Lilia Merodio, o Abraham Montes y otros que no recuerdo y que si por las vísperas sacamos los días, nada puede esperarse de su representación.

En el PAN se canta la misma canción. Y de las izquierdas –en plural como se dice ahora, aunque quisiéramos que existiera una auténtica aunque fuera singular– ni hablar: sus candidatos a diputados son tan, pero tan desconocidos, que no preocupan a nadie. Y es que, aparte de todo, son postizos: nadie los eligió y un buen día nos desayunamos con sus nominaciones. Ellos esperan que así como Fox le dio el jalón a un Jeffrey Jones al Senado, López Obrador los jale a su curul. Ese fenómeno suele ser excepcional y el proceso en curso no anuncia ese andamiaje. De las candidaturas senatoriales me ocuparé después.

El problema de fondo es que todos los candidatos presidenciales le imprimen a la contienda electoral la nota de una despiadada lucha por el poder, y en este caso por el poder presidencial, que pareciera ser el único que está en juego. La ecuación de este argumento sería: sistema presidencialista igual a campaña presidencialista, y se comete el gravísimo error de olvidar que otro poder, representativo de la nación y la sociedad, está en juego y se llama poder legislativo y además es fundamental. 


Así las cosas, para cada partido lo esencial es, únicamente, lo subrayo, lograr la mayoría para colocar en el vértice más alto del poder al presidente, que él se encargará de todo lo demás. Es, ni más menos, que el desprecio a la representación de los legisladores lo que ha hecho preguntarse a muchos: “¿A quién representan nuestros representantes?”, que han contestado “a nadie”, puesto que las decisiones congresionales dependen del presidente de la república y un escasísimo grupo de legisladores que operan en ambas cámaras no en función de sus electores, a los que debieran servir, sino al juego de poder e intereses que se tejen y destejen desde la presidencia de la república.

Por eso las figuras institucionales del diputado y el senador están absolutamente desprestigiadas. Del primero el inigualable Carlos Monsiváis, cuando abordó ciertas tipologías personales en una obra coordinada por Enrique Flores Cano, subraya esta frase que cito de memoria: “qué gacho traje traes, hasta pareces diputado”. O sea que ni para vestirse son buenos. El desprestigio nace de la percepción nítida de que son funcionarios que no deciden nada o muy poco, agravándose en los últimos años por cuanto son una expresión de la partidocracia, puesto que muchos llegan al cargo por un favor interno de la organización y trabajan para ella en demérito de la sociedad a la que representan. Pero no sólo: lo más grave es que el presidencialismo los convierte en simples peones del poder fuerte y, por tanto, en desobligados e irresponsables en el ámbito de un derecho público que parte de la premisa de la responsabilidad, la transparencia y rendición de cuentas. Lo que también se complica porque muchas diputaciones de los estados sólo sirven al mercadeo de los gobernadores, como lo vimos estos años con la influencia de Peña Nieto sobre la bancada priísta.

De hecho ningún partido político mexicano tiene una estrategia de fortalecimiento y dignificación del órgano legislativo. Más piensan en la sumatoria que les va a dar o el control que anula al Congreso o el margen que les dé capacidad de maniobra y, por consecuencia, buscan gente dócil. Corre la anécdota que uno de los candidatos presidenciales de ahora pidió un informe sobre las listas de futuros legisladores y al recibirlo increpó a su informante que quiso darle los nombres de los más preparados e inteligentes, para exigirle la descripción con pelos y señales de los obedientes. Así de dramático, así de grotesco.

En los sistemas parlamentarios las cosas son bien diferentes: ahí los cargos ejecutivos o de representación nacional dependen de mayorías bien articuladas y con propuestas que trazan el deslinde de los rumbos de los países con este sistema y además no se andan por las ramas como aquí, como acabamos de verlo en Francia donde el mismo día que perdió Sarkozy le transmitió inmediatamente el poder al triunfador. Aquí el presidente electo dura julio, agosto, septiembre, octubre y noviembre para asumir el cargo y, pobre México, todos esos meses no bastan para evaluar las cabezas de la administración como bien se recuerda con la grotesca cacería de cerebros que hizo Fox durante el 2000.

Desde 1997 hemos tenido gobiernos divididos, presidente de un partido y sin mayoría en la Cámara de Diputados. El saldo es negativo en sí mismo por la división ausente del colaboracionismo, pero catalizada por representantes que no saben ni a qué van a la Cámara baja. Y por las vísperas, los días: si vemos las campañas de los diputados aquí en el estado notamos que una candidata hace proselitismo como si se tratara de un concurso de Miss Chihuahua, otros como futuros gestores de atención ciudadana del municipio, los que aparecen sabios haciendo campaña para transformar los próximos cincuenta años del país y ninguno con propuestas legislativas tangibles, compromisos de ir a la Cámara a fiscalizar o a darle rumbo a la política internacional de este país por lo que se refiere a los senadores, por poner un ejemplo de estos últimos. 


Actualmente Chihuahua tiene una gama muy importante de senadores que todo mundo se pregunta qué hicieron o para qué sirvieron, porque no se ha visto: Fernando Baeza Meléndez, Gustavo Madero, Teresa Ortuño y Ramón Galindo. De este último recuerdo que hizo su campaña al grito de “bota las rejas”, y ya ven como se cerraron calles, casas, colonias con motivo de la delincuencia y el senador sigue tan orondo, como decían en mi pueblo. Hasta parece ahora el gran promotor de la herrería.

Por eso, insisto, es la escala de grises la que me sirve para catalogar las candidaturas legislativas que imploran el voto para llegar al Congreso de la Unión y por qué se corresponden con el cenizo color de las campañas presidenciales. Es lamentable porque así el país no va a ninguna parte o, mejor dicho, a su colapso.


Jaime GARCÍA CHÁVEZ

No hay comentarios: