La restauración, aparte de ser un término histórico-político que se acuñó luego de laderrota de Napoleón y el surgimiento de la Santa Alianza europea.
Reinstaló viejas monarquías depuestas por la revolución y viejas élites del poder, bajo la hegemonía continental de la casa de Austria, capitaneada por el legendario Metternich, al que luego revivió sin éxito el inefable Henry Kissinger. El intento no sesostuvo más de tres décadas y particularmente fueron inútiles sus esfuerzos por volver a un pasado que ya se había ido y que un capitalismo en ascenso hacía de las etapas del feudalismo, loslinajes dinásticos y otros aspectos de este pretérito algo imposible de reeditar a plenitud. El año de 1848 barrió parejo con todo esto. Pero, acuñado el término y pasado el tiempo, el empleodel concepto se utiliza con un sentido más amplio, tan laxo que cualquier regreso de personeros de un viejo poder se tilda de restauratorio.
Con motivo de la elección del próximo domingo 1 de julio el tema ha sido abordado bajo ese ropaje y, bulle en el ambiente eltema de que el PRI de los setenta años se va a reinstalar en Los Pinos, y esta sola idea hace que unos se froten las manosrecordando los grandes y corruptos negocios de Estado de todos tan conocidos, o bien que un calambre recorra la espina dorsal con un escalofrío por el recuerdo de la represión diazordacista, lalimitación de las libertades, las crisis económicas recurrentes, la frivolidad lopezportillista, el monopolio del poder que le cierra los pasos a cualquier participación ciudadana. En fin. Será un temasobre el que habrá tiempo para abordar y del que hoy sólo tenemos dos esbozos abrigados en el pronóstico: el gran desastre a evitar con el voto ciudadano mayoritario que anima a muchos –a mí entre ellos–, o en la realidad enfrentarnos con el hecho de que PeñaNieto regresa al PRI al Palacio Nacional tras doce años de ausencia.Está claro que en esta última variante hablar o no de restauración tendrá una miga inocultable.
En la historia de la teoría política hay un clásico indiscutible en esta materia:Alexis de Tocqueville, que en una gran obra –ensombrecida por larelevancia, muy merecida, que se le da a la Democracia en América–abordó el tema del antiguo régimen en Francia y cómo algo de él había regresado después de la derrota del corso Bonaparte. Es unaobra clásica que, cambiando lo que haya que cambiar, serviría para establecer paralelismos, similitudes y hasta qué grado la cultura política está tan fosilizada que pueden darse cambios esencialmente estructurales sin afectar para nada las formas en que se ejercita elpoder. Quiero decir que para reflexiones futuras Tocqueville aportarásu parte, lo hayamos o no leído a profundidad, más si nos hacemos cargo que en el caso mexicano el PRI ha sobrevivido, casi intacto, a sus percances, y de ello habla no tan sólo la casi veintena degobernadores actuales con ese origen y cómo el PAN hace igual que el PRI muchas de las cosas que el común de las gentes habría tenido por inconcebible no hace más de veinte años.
Si el PRI gana laelección presidencial existen las posibilidades de un regreso quenos haría caer al vacío, o también un reacomodo a circunstanciasextremadamente complejas que el PRI que llegó a fines del siglo pasado no tuvo enfrente a lo largo de varias décadas de nuestrosiglo XX. Está claro que el que gane se encontrará con un IFE quele cercenó al viejo Estado autoritario el monopolio de controlar las elecciones; tendrá enfrente, con todas sus limitaciones, al IFAI, laCNDH, aunque decadente, un sistema pluripartidista; un Banco de México que, a querer y no, dejó de ser el juguete del presidente yuna Suprema Corte de Justicia de la Nación que con altibajos ha ido avanzando en la apropiación del papel que le corresponde. También atan a México compromisos internacionales de la mayor importancia en el terreno de la globalidad y los derechos humanos –la autarquía,si alguna vez se soñó con ella, es imposible ahora– y, sin duda,tenemos una Constitución General de la República nueva que en medio de la pugnacidad no hemos alcanzado a distinguir pero que en materia de derechos humanos nos ha hecho contemporáneos del mundo avanzado.Pero, sobre todo, hay una nueva sociedad, como ya se advirtió con el campanazo del movimiento juvenil #Yosoy132. El que llegue, y más sies el PRI, no podrá desplegar la bandera de sus fueros. Con todo esto se insinúa que una restauración del viejo orden se antoja más que imposible. Pero no se alegre, en este país todo es posible, sin que eso signifique que me haya hecho pesimista.
Algunos dicen, no sé si sus palabras correspondan a la realidad, que cuando un paleontólogo encuentra en un desierto un solo diente de algún animal deljurásico, ya tiene en sus manos materia suficiente para reconstruir al animal completo, más ahora que la realidad virtual nos ha acercado a la tactilidad casi completa. Con esto no quiero decir queuna Sofía Loren virtual sea igual a una Sofía Loren de carne yhueso. El ejemplo del que parto quiere resaltar que de lo pequeño podemos derivar lo grande, o como dicen los rancheros, por la víspera, los días.
Al grano: en Chihuahua hubo un gobierno de alternancia, de 1992 a 1998, encabezado por Francisco Barrio, al que en mis críticas no tuvo tregua. El primertramo con un Congreso mayoritariamente panista y con rasgos deindependencia; un poder Judicial con rasgos de autonomía y al que pudieron acceder personas que jamás habrían llegado a posiciones relevantes en el viejo esquema autoritario. Se buscó hacerle mellaal corporativismo magisterial, se encaró un veto a un presupuesto general, la libertad de expresión tuvo felices momentos. En pocas palabras, a pesar de los enormes obstáculos se buscó dejar atrásun pasado que luego regresó: Barrio gobernó con un gobierno dividido los últimos tres años, le planteó al Congreso la necesidad de la negociación fecunda para resolver los problemas del estado (en su discurso de media gestión nos dijo a todos que hastaun reloj descompuesto tiene razón dos veces al día) y, a la postre,su partido perdió la elección en 1998 y asumió un gobierno de carro completo Patricio Martínez García, luego José Reyes Baeza y hoy César Duarte Jáquez. Aquellos seis años a lo sumo nospermitieron hablar de entidades federativas de alternancia, pero son seis años que ya se pierden hasta en la memoria de los panistas traidores o empoderados. Los dieciocho años que están corriendo,luego de 1998, nos dicen muy claramente –es el diente encontrado en el desierto por el paleontólogo– que las restauraciones sí son posibles, sí suceden y tenemos los casos extremos de PatricioMartínez y César Duarte que han gobernado a Chihuahua al más puro y viejo estilo detestable de un PRI autoritario, corrupto,patrimonialista, engreído y que aparte de infalible se concibe comoeterno. Para estos priístas el destino del país no está en ningunaparte; el destino son ellos mismos.
Desde el balcón chihuahuense dejo de lado la teoría de si la restauración viene osi la restauración va, de acuerdo a los conceptos teórico-políticos con que se inicia esta pieza; lo que tengo muy claro es que cuando reasumen el poder son los mismos fósiles, a ellos no los ha tocado ni la historia ni el cambio cultural. La acompasada transicióndemocrática mexicana, el que no se haya consolidado, el que perviva el atraso entre nosotros es lo que está calando más hondo en este dramático momento que vive el país al borde de la elecciónpresidencial.
Le escuché hace poco aun amigo señalar que la ciudadana o el ciudadano que vaya a la casilla el próximo domingo 1 de julio le hará switch esteproblema y reproduciendo en su cerebro con la velocidad de la luz las imágenes del pasado priísta y lo lleven a negar su voto a Peña Nieto.
En lo particular es obvio que jamás estaría en esa tesitura, pero menos, muchísimo menos, cuando escuché al hombre de Atlacomulco decir que el modelode gobierno del “nuevo PRI” se llama César Duarte Jáquez.Ignorancia o cinismo en el candidato presidencial da lo mismo. Es proponerle al país que México se pudra en el fermento de su peorpasado. Cuidado mexicanos.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ

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