Los grandes analistas políticos del país comprometidos con la democracia, diseminados en todos los medios de la prensa escrita, nos han brindado estupendas reflexiones sobre la etapa postelectoral que vive el país. No hay problema, ni circunstancia, ni pronunciamiento que no haya sido objeto de un minucioso análisis, y si bien es cierto esto no obliga a convertir el criterio de autoridad en el metro de la verdad, la realidad es que muchos puntos sobre las íes se han marcado para no dejar duda del carácter de las instituciones democráticas, el papel del Derecho y la asunción real del Estado de Derecho que es mucho más que una simple frase de ocasión, las limitaciones mismas de la democracia que luego se le quiere ver bajo un prisma paradigmático de perfección, la pluralidad, el reconocimiento de que la política de adversarios llamada a que ninguno puede asumir el propósito de devorar y aniquilar al otro y el aquilatamiento del capital que se va acumulando y que se tiene que emplear precisamente para seguir avanzando más allá de la simple pugna por la titularidad de un poder, del tamaño que sea. En fin, no hay punto, de los que están a debate y que han sido abordados abundantemente por la teoría, que haya quedado fuera de los textos, pongamos por caso, de José Woldenberg, Lorenzo Meyer, Jesús Silva-Herzog Márquez, Enrique Dussel, Federico Reyes Heroles, Carlos Elizondo Mayer-Serra, entre otros muchos.
No obstante esta diversidad, llamó mi atención un texto de José Woldenberg titulado “El futuro de la izquierda (Reforma, 19-VII-2012). El expresidente del IFE, distinguido académico y politólogo, recapitula el papel de las urnas como fuente superior de toda legitimidad y subraya la construcción histórica implicada en esa divisa. En paralelo, refiere otras fuentes de legitimidad no democráticas como la que estuvo en boga en México cuando nuestros gobernantes por más de setenta años se legitimaban ideológicamente por la Revolución mexicana que a mi juicio presentaban como perenne e inagotable. Woldenberg pasa de ahí a reconocer que en nuestro país, y prácticamente en todo el mundo, la izquierda no es única sino que se expresa en una diversidad de corrientes y movimientos, alentando en su visión aquellas que traban un compromiso con los mecanismos democráticos y jamás tienen su guardadito insurreccional o de otro tipo en el viejo armario de una izquierda que a través del asalto del poder pretendía refundar a partir de cero prácticamente toda la humanidad.
No cabe duda que estamos frente a un problema muy grande, grave por las consecuencias de las malas soluciones que la izquierda tome y que la pueden llevar a un fracaso histórico en esta etapa, que no tan sólo la perjudicaría, por decirlo de alguna manera, hacia su interior, sino que su zaga la sufriría el propio país y en un espectro más amplio el futuro de la región del mundo donde México está enclavado. Para Woldenberg es una historia que está abierta, que está en proceso, y hoy por hoy no hay pronóstico que permita conocer el futuro que sobrevendrá en esta materia. Comparto con el autor que el “fortalecimiento o no de las diferentes corrientes que subsisten en la izquierda dependerá no sólo el futuro de ella, sino de todo el país”.
No nada más esta visión se refiere a la izquierda partidaria, sino a aquella otra que siendo extrapartidaria no está obligada a asumir los cauces institucionales que devienen tanto de la Constitución como de sus leyes reglamentarias, y en particular las que norman administrativa y judicialmente el proceso electoral de principio a fin.
Hace muchos años, cuando se pensaba que había una vanguardia revolucionaria, por lo general equivalente a un grupo de profesionales políticos portadores de todas y cada una de las recetas, se le abría espacio, aunque sólo fuera para negarlo de inmediato, a la conciencia de quienes se proponía procesos de gran transformación social. Así, se llegaba a estimar que no nada más desde la vanguardia surgirían los impulsos del cambio sino que otros procesos sociales los acometerían sin las hormas propias de los partidos políticos. Una fórmula que se ensayó fue que los que estaban en la vanguardia beneficiaran sus propósitos al convertirse en la desembocadura de los movimientos extrapartidarios. Esto puede ser cierto o no, a donde quiero llegar es que participar en la izquierda, particularmente en la partidaria y en una democracia, por precaria que sea, entraña la deliberación colectiva para la toma de las decisiones y al tomar las decisiones tener conciencia de las metas que se buscan.
Existe una izquierda no partidaria que se reunió en Atenco y trazó una línea que en pocas palabras entraña una rebelión para impedir la elevación de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la república. ¿Hasta dónde puede confluir esta lucha con la de los partidos políticos y sus líderes? Es obvio que hay un divorcio entre ambas visiones, pero también es obvio que se debe hacer una disección entra una y otra cosa porque quienes militamos en la izquierda en serio no queremos ser arrollados sin más por los que deciden por todos, arrogándose una moral superior tal y como lo hacían aquellos que se asumían como la vanguardia histórica del proletariado.
El momento actual lo es de riesgo, de fragilidad, de incertidumbre. Se parece en parte al que precedió a la caída de la república de Weimar. En particular el PRD tiene que convocar a sus activos, que no son pocos, compartir la visión de los problemas y tomar decisiones. Todos tenemos derecho a saber a qué baile vamos o a que bailes nos están obligando a ir. Es una decisión que definitivamente no tiene por qué estar en la exclusiva voluntad de un hombre como Andrés Manuel López Obrador, un formidable líder si se quiere, pero que no sustituye a una izquierda que se precie de ser democrática. Hasta ahora es lo que ha prevalecido: frente a la deliberación, la tosudez; frente al liderazgo colegiado, la decisión unilateral. Y lo mismo se ve en la visión de país que ha expuesto a lo largo de los últimos años que el empleo a placer de las siglas partidarias y en candidaturas sucedió lo mismo. Se es radical contra toda imposición, y qué bueno, sólo que también hay que reconocer que los que estamos en el Partido de la Revolución Democrática, a lo largo de los últimos procesos de designación de candidatos un mal día nos hemos enterado que alguien, por allá en alguna oficina del centro del país, los impone a toda la nación y hay que reconocerlo sin chistar. Como los candidatos postizos que tuvimos aquí en Chihuahua en el último proceso electoral. Hamlet diría “ser o no ser,” y algún ranchero mexicano recomendaría arreglar primero la casa.
El gran problema es, siempre moviéndonos en el contexto del proceso democático, cómo promover el viraje que el país requiere para erradicar las lacras que oscurecen las elecciones, sin la tentación de volver a sacar la violencia a la calle o aquella vieja visión que dice que lo que a este país le falta es romper todos los moldes sobre los que se ha hecho, confeccionar unos nuevos y sobre ellos vaciar un nuevo bronce fundacional, en el centro del cual se labre al nuevo salvador. Camino equivocado si lo hay.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ.
No obstante esta diversidad, llamó mi atención un texto de José Woldenberg titulado “El futuro de la izquierda (Reforma, 19-VII-2012). El expresidente del IFE, distinguido académico y politólogo, recapitula el papel de las urnas como fuente superior de toda legitimidad y subraya la construcción histórica implicada en esa divisa. En paralelo, refiere otras fuentes de legitimidad no democráticas como la que estuvo en boga en México cuando nuestros gobernantes por más de setenta años se legitimaban ideológicamente por la Revolución mexicana que a mi juicio presentaban como perenne e inagotable. Woldenberg pasa de ahí a reconocer que en nuestro país, y prácticamente en todo el mundo, la izquierda no es única sino que se expresa en una diversidad de corrientes y movimientos, alentando en su visión aquellas que traban un compromiso con los mecanismos democráticos y jamás tienen su guardadito insurreccional o de otro tipo en el viejo armario de una izquierda que a través del asalto del poder pretendía refundar a partir de cero prácticamente toda la humanidad.
No cabe duda que estamos frente a un problema muy grande, grave por las consecuencias de las malas soluciones que la izquierda tome y que la pueden llevar a un fracaso histórico en esta etapa, que no tan sólo la perjudicaría, por decirlo de alguna manera, hacia su interior, sino que su zaga la sufriría el propio país y en un espectro más amplio el futuro de la región del mundo donde México está enclavado. Para Woldenberg es una historia que está abierta, que está en proceso, y hoy por hoy no hay pronóstico que permita conocer el futuro que sobrevendrá en esta materia. Comparto con el autor que el “fortalecimiento o no de las diferentes corrientes que subsisten en la izquierda dependerá no sólo el futuro de ella, sino de todo el país”.
No nada más esta visión se refiere a la izquierda partidaria, sino a aquella otra que siendo extrapartidaria no está obligada a asumir los cauces institucionales que devienen tanto de la Constitución como de sus leyes reglamentarias, y en particular las que norman administrativa y judicialmente el proceso electoral de principio a fin.
Hace muchos años, cuando se pensaba que había una vanguardia revolucionaria, por lo general equivalente a un grupo de profesionales políticos portadores de todas y cada una de las recetas, se le abría espacio, aunque sólo fuera para negarlo de inmediato, a la conciencia de quienes se proponía procesos de gran transformación social. Así, se llegaba a estimar que no nada más desde la vanguardia surgirían los impulsos del cambio sino que otros procesos sociales los acometerían sin las hormas propias de los partidos políticos. Una fórmula que se ensayó fue que los que estaban en la vanguardia beneficiaran sus propósitos al convertirse en la desembocadura de los movimientos extrapartidarios. Esto puede ser cierto o no, a donde quiero llegar es que participar en la izquierda, particularmente en la partidaria y en una democracia, por precaria que sea, entraña la deliberación colectiva para la toma de las decisiones y al tomar las decisiones tener conciencia de las metas que se buscan.
Existe una izquierda no partidaria que se reunió en Atenco y trazó una línea que en pocas palabras entraña una rebelión para impedir la elevación de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la república. ¿Hasta dónde puede confluir esta lucha con la de los partidos políticos y sus líderes? Es obvio que hay un divorcio entre ambas visiones, pero también es obvio que se debe hacer una disección entra una y otra cosa porque quienes militamos en la izquierda en serio no queremos ser arrollados sin más por los que deciden por todos, arrogándose una moral superior tal y como lo hacían aquellos que se asumían como la vanguardia histórica del proletariado.
El momento actual lo es de riesgo, de fragilidad, de incertidumbre. Se parece en parte al que precedió a la caída de la república de Weimar. En particular el PRD tiene que convocar a sus activos, que no son pocos, compartir la visión de los problemas y tomar decisiones. Todos tenemos derecho a saber a qué baile vamos o a que bailes nos están obligando a ir. Es una decisión que definitivamente no tiene por qué estar en la exclusiva voluntad de un hombre como Andrés Manuel López Obrador, un formidable líder si se quiere, pero que no sustituye a una izquierda que se precie de ser democrática. Hasta ahora es lo que ha prevalecido: frente a la deliberación, la tosudez; frente al liderazgo colegiado, la decisión unilateral. Y lo mismo se ve en la visión de país que ha expuesto a lo largo de los últimos años que el empleo a placer de las siglas partidarias y en candidaturas sucedió lo mismo. Se es radical contra toda imposición, y qué bueno, sólo que también hay que reconocer que los que estamos en el Partido de la Revolución Democrática, a lo largo de los últimos procesos de designación de candidatos un mal día nos hemos enterado que alguien, por allá en alguna oficina del centro del país, los impone a toda la nación y hay que reconocerlo sin chistar. Como los candidatos postizos que tuvimos aquí en Chihuahua en el último proceso electoral. Hamlet diría “ser o no ser,” y algún ranchero mexicano recomendaría arreglar primero la casa.
El gran problema es, siempre moviéndonos en el contexto del proceso democático, cómo promover el viraje que el país requiere para erradicar las lacras que oscurecen las elecciones, sin la tentación de volver a sacar la violencia a la calle o aquella vieja visión que dice que lo que a este país le falta es romper todos los moldes sobre los que se ha hecho, confeccionar unos nuevos y sobre ellos vaciar un nuevo bronce fundacional, en el centro del cual se labre al nuevo salvador. Camino equivocado si lo hay.
Jaime GARCÍA CHÁVEZ.

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