martes, 5 de julio de 2011

Democracia blanda o democracia fuerte

Jaime GARCÍA CHÁVEZ




Ese es el dilema que México no ha resuelto. Ha estado en circunstancias históricas excepcionales y se han malogrado, dos de ellas merecen recuperarse: la restauración de la República con Juárez y el arribo de Madero a la hora del derrumbe de la dictadura porfirista. La búsqueda del ideal democrático para nosotros ha sido un largo peregrinar sin destino y los últimos años hemos sido testigos de que los grandes avances naufragan en la perversión y en el desvío de las responsabilidades públicas más altas. La elección del 2006 y el deterioro del IFE dan cuenta sobrada de mi afirmación. Las recientes revelaciones de Elba Esther Gordillo y su incidencia oportunista en grandes decisiones nacionales nos llevan a pensar en la necesidad, para los ciudadanos mexicanos, de emprender la construcción de una democracia fuerte, que a decir de Benjamín Barber, se define como un modelo participativo de la política donde los conflictos se resuelven a través de un proceso de autogobierno que busca la creación de una comunidad política que convierte a los individuos privados y dependientes en ciudadanos libres, siempre buscando los bienes públicos por encima de los intereses privados.

En esta democracia no hay un “presupuesto independiente” que determine todo el quehacer de la política, entendido por éste, y a manera de ejemplo, la primacía de una raza, caudillo providencial, religión, clase, partido, revolución y una burocracia política como fin en sí misma que no puede sustituirse y cualquier factor que obliga a encorsetar la voluntad ciudadana en una premisa que se da como indiscutible. Cuando se dan elecciones con ese aliento ya se sabe que no hay disputa real, que casi todo está decidido incluyendo el resultado final. Como en los tiempos del invencible PRI. Lo contrario de todo esto es la democracia blanda, que es más una fachada, una simulación y que ciertamente puede no ser tiránica, sin dejar de ser una caricatura que va deteriorando progresivamente a la sociedad.

Si el dilema es válido -y desde luego reconozco su carácter polémico-, en México hemos tenido una democracia blanda en un aspecto sobre el cual quiero poner el acento ahora, por ser ese “presupuesto independiente” y tiene que ver con el papel distorsionador que juegan las administraciones públicas (federal, estatal y municipal) como apéndices de los partidos políticos que a su vez están jefaturados y sin autonomía, por los titulares de los poderes ejecutivos. El estudio de la administración pública no tiene muchos años. Arranca tanto su existencia moderna como la reflexión acerca de la misma luego de la extinción del absolutismo, que sobrevino al triunfo de la Revolución Francesa en 1789. En el antiguo régimen, a los delegados del poder del monarca, constituyentes de la administración del Estado, se les agrupaba bajo el rubro de policía. Se empezó a abrir paso la idea de que la política concernía al Estado y la administración a su despliegue organizativo. De origen siempre se asignó a la administración atender al interés del orden social, de tal manera que los administradores ejecutaban mas no tenían la facultad de ordenar y así su obligación y función primordial se eslabonó a la atención de lo público, de lo colectivo, lo comunitario y nunca atento a las parcialidades.

El tema no quedó ahí. Hubo un impresionante desarrollo teórico que examinó la administración en rubros que ahora nos son familiares: dirección, gestión, gerencia, implementación y todo lo que tiene que ver con los estudios del management: desde su ancestral concepción como doma de caballos hasta la conducción de una gran corporación global, que superan en poder a muchos Estados.

Hago este recorrido, aparentemente tortuoso, para soportar una crítica a la partidocracia actual dominante en México. En nuestro país estamos muy lejos de tener un sistema de partidos autónomos, competitivos, sustentadores de perspectivas históricas claras presentadas al cuerpo electoral y que devengan su fuerza del apoyo social. El remedo actual se origina en que, de una manera u otra, todos los partidos a final de cuentas han terminado por implantarse tomando como modelo al viejo partido de Estado creado por Plutarco Elías Calles en 1929, el PRI. Ninguno ha vertebrado sólidamente una autonomía con relación al poder: tan pronto alcanzan o conservan una posición de gobierno, de poder, forman tras él a la columna de los administradores que quedan en calidad de siervos de los nuevos amos. Sus programas son documentos intrascendentes y en ocasiones elevan al caudillo a la calidad de cerebro y voz reinante. Viven más del presupuesto y las llamadas prerrogativas que de un sólido sustento ciudadano. Ciertamente puede haber corrientes electorales, pero si no hay el lubricante del dinero y la obligación que se impone a los funcionarios de todo rango, las cosas no funcionan y el corporativismo continúa como un pesado lastre, como se puede ver en la recurrente acción de la inefable Gordillo a través de los últimos 25 años.

Ella, quien ha sido retribuida por ayudar a mantener ese estado de cosas, volvió a dibujarse de cuerpo entero en uno de sus acostumbrados disparates verbales al declarar recientemente que ninguno de los aspirantes a la Presidencia de la República reúne las características de candidato ideal porque “no tienen propuesta sino sólo descalificaciones mutuas”. La parte reveladora de su obsesión por el caudillaje que tanto le conviene está entre las palabras en las que afirma que ante esa austeridad de personalidades, para obtener al candidato idóneo para 2012 “habría que meterlos a todos en una licuadora y sacar de cada uno su mejor cualidad”, y por supuesto dentro de los límites estrechos de los administradores de alto nivel.

Programas, alternativas, vertebración social son sustituidas por las administraciones públicas obligadas a formarse como columnas detrás de los mariscales que ejercen el poder. Precisamente a esto me quiero referir. El PAN en la escala federal y el PRI en la local no son partidos auténticos, son dependencias del presidente y los poderosos que lo rodean o del gobernador y sólo marginalmente instituciones de militancia voluntaria. Sus posibilidades electorales se fincan en buena parte sobre el ejército de burócratas que atrincheran a sus espaldas. No desconozco que hay otros factores —el muy importante de las oligarquías y el de los medios—, pero sin estos ejércitos poco podrían hacer las direcciones partidarias para realizar sus campañas en tierra, cubrir el pesado aparato de representación ante los organismos electorales y sobre todo sería nula la simulación de las campañas.

El PAN, que hoy hace lo mismo, mucho tiempo reclamó más sociedad y menos Estado en este punto, pero terminó invirtiendo la fórmula e incorporándose al probado método de las elecciones de Estado convirtiendo a sus burócratas de la nómina estatal en sus principales agentes electorales. Si me piden un ejemplo casi gráfico lo pondría así: un sábado de cruceros, en tiempos de campaña, se encuentra en equis esquina a toda la burocracia de una dependencia federal y en otra a zeta burocracia de otra dependencia pero ahora estatal. Los militantes son muy pocos y en ocasiones los cercanos al candidato que los mueve el interés de arribar a un cargo. El PRD donde gobierna hace lo mismo.

Y aquí es donde pongo el acento en torno a un ideal de la democracia. Los gobernantes en países como el nuestro deben reconocer la dignidad de los empleados públicos, dejar de nombrar padrinos entre los altos funcionarios para encargarlos de tareas específicas que obligan a los subordinados a actuar incluso en contra de su voluntad. El ideal es que las administraciones públicas sean neutrales frente a los procesos electorales de recambio de los gobernantes. Sé que el establecimiento del servicio civil de carrera puede contribuir a lograr esta meta, pero no la alcanzaremos si no hay un cambio en la cultura política del poder, como la que existe en otras partes, en las que ciertamente hay claroscuros. Obama, por ejemplo, busca su reelección, tiene un poder enorme, pero no tendrá el despropósito de lograrla cimentándose en las personas de su administración. Puede perder porque su gobierno careció de las posibilidades o la voluntad de satisfacer las expectativas que abrió. En otras palabras y ya hablando de México, arribaremos a una meta superior de democracia fuerte cuando los partidos refrenden sus adhesiones ciudadanas por la calidad de los gobiernos que encabezan y no por sustituir a los partidos con los ejércitos de sus burocracias.

La principal virtud de una democracia fuerte, según Barber, es darle verdadera autonomía a la política. Porque cuando la política se haga bajo la premisa de preservar en el poder a quienes ya lo tienen y atrincherados desde la administración pública, la democracia será blanda, será una mascarada.

Por eso no está de más recordar que los estudios recientes de la administración pública dan impulso a los temas cívicos, los derechos humanos, y sobre todo a la participación ciudadana. Léalo bien: la participación ciudadana.

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